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113 que, generosamente, no escatima en compartir y que bien pueden constituir los cimientos de una vida sostenible, en armonía con el entorno, en una coexistencia sana y respetuosa con el resto de seres que pueblan el Universo. Itxo fill mongen, dicen las pu machi, sanadoras y sabias mapuche: todas y cada una de las variadas formas de vida. Es el suma qamaña aymara o el küme mongen mapuche, o tantos otros acuerdos colectivos que dirigen su mirada a la simpleza misma de la existencia: la búsqueda de un buen vivir. En esa misma resiliencia es como los bofedales se levantan en medio de las extremas condiciones climáticas de un desierto de altura, brotan en la dificultad, guardan reservas para los tiempos de sequía, cuidan celosamente sus semillas para que estas germinen en el momento indicado. La tierra en la que descansan está rebosante de sabiduría. Las lluvias, sagradas para don Jorge, riegan una vez al año sus extensiones, en el mejor espectáculo de lo sublime: a través de los ríos del cielo, la Amazonía se junta con el desierto. Y en esa confluencia de las lluvias de verano, que se vienen evaporando desde las aguas dulces de la selva, y en la crecida de los cauces del San José y el Lluta, se encuentran el Océano Atlántico y el Océano Pacífico. Asimismo, los saberes ancestrales y contemporáneos dialogan. Preservar los conocimientos de quienes nos precedieron se hace una tarea fundamental para habitar con propiedad nuestro presente. Porque existir en el presente desde un entendimiento profundo del pasado, da fortaleza a nuestros pies para caminar a paso firme a un futuro colectivo. No a un destino incierto y azaroso, sino que andar por los caminos que otros y otras ya transitaron. Ver las apachetas y comprender que las decisiones nunca son personales, que nos sostiene algo mucho más grande de lo que somos: ese tejido urdido de raíces eternas que, de algún modo, conecta a toda la humanidad. Nos permite escapar del individualismo ascendente que el colonialismo imprimió en nuestros territorios y en nuestras prácticas cotidianas. Desde la cosmovisión aymara, el pasado está adelante. Vemos de frente a nuestros maestros y maestras, a los seres protectores, mallkus, lluvia, vertientes, abuelos y abuelas, y todo lo que tienen -o tuvieron- para decir. Son nuestras memorias, experiencias y aprendizajes las que trazan el mapa que nos permite seguir hilando ese gran tejido. Como dice don Jorge Quelca: “Así trabajamos, en ayni [...] la única forma. Porque solo, uno no hace nada”.

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