EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

98 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE Al preguntarle su nombre, el desconocido pide que basta con que le digan Faramalla. Cuando le consultan dónde reside, asegura que vive en el fondo de una mina. Luego del primer encuentro, el dueño de casa invita a Faramalla a una fastuosa cena, donde tuvo la oportunidad de conocer a la familia de Barreta e inmediatamente quedó prendado por la belleza de María Dolores, la hija mayor del matrimonio. Finalizado el encuentro, mientras toda la familia dormía plácidamente, luego de un banquete donde la comida y la bebida corrieron generosas, María Dolores se despertó. En la oscuridad sintió la presencia de una entidad, quizás un espectro, quizás una persona. “¿Quién anda ahí?”, dijo asustada. “Soy tu padre, déjame entrar en tu cama, que hace frío”, respondió una voz gutural y cavernosa, al tiempo que ingresaba en el lecho de la menor. El relato señala que, de acuerdo con lo declarado por la niña, esta extraña entidad tenía barba, al igual que su padre. Se desató el escándalo en casa: Juana culpó a Barreta de querer abusar de su hija; este se defendió alegando que cuando ocurrió el hecho dormía plácidamente en el lechomatrimonial. De acuerdo con el relato, en las noches siguientes Faramalla (o el diablo) se las arregló para seducir a María Dolores, independiente de las precauciones que doña Juana Putiel tomó para evitarlo, haciendo recaer la culpa siempre en Santiago Barreta. Desconocemos la trascendencia que habrá tenido la publicación de esta novela. Sin duda, en su época debe haber sido considerada de terror, aunque también combinaba aspectos de la tradicional picardía chilena. El único hecho objetivo es que Justo Abel Rosales escribió esta historia basándose en el expediente judicial levantado por la Real Audiencia en 1792, que presenta la demanda de Juana Putiel en contra de su marido Santiago Barreta, donde se le acusa de estupro y de abuso sexual en contra de sus cuatro hijas. Según se establece en el libro “Configuraciones de lo colonial chileno: La narrativa de Justo Abel Rosales”, de Bernardita Eltit, Santiago Barreta se declaró inocente de toda acusación, argumentando que su mujer, Juana Putiel, padecía ataques de celos con todas las mujeres del pueblo, incluyendo a sus propias hijas. Esto hizo ventilar aún más el escándalo en todo Alhué. En la publicación se señala que Putiel, pese a no haber visto con sus propios ojos tales actos, se enteró del hecho al encontrar sangre en la ropa interior de las menores, pese a que aún no menstruaban, además de haber escuchado el testimonio de sus propias hijas, para lo cual se realiza un examen, a cargo de dos matronas, para comprobar el estupro, y de ordenar un careo entre Barreta, Putiel y las niñas.

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