97 Los amoríos del diablo Antes de la llegada de los conquistadores españoles, el actual territorio de Alhué era de dominio del cacique Albalalgüe. En 1544, Pedro de Valdivia entrega estos terrenos en encomienda a doña Inés de Suárez, quien regentó este fértil valle con mano de hierro y látigo feroz, siempre con el objetivo de evangelizar a los indios y también de encontrar el esquivo oro, tan abundante en otras latitudes del Nuevo Mundo y tan escaso en el Reino de Chile. Hubo que esperar casi dos siglos para que el preciado metal hiciera su aparición: en 1739 se descubrió un gran yacimiento que, literalmente, desató una verdadera fiebre del oro local; teniendo en cuenta que la fiebre siempre es un mal síntoma, este acontecimiento determinó un explosivo aumento de la población. De los nuevos habitantes, no todos eran de los trigos más limpios: buscadores de fortuna, delincuentes, pendencieros, tahúres y mujeres de vida fácil. Este nuevo contexto de prosperidad económica determinó que cambiara el estatus del pueblo: el 19 de agosto de 1755 se le otorgó el título de Villa de San Gerónimo de la Sierra de Alhué. Pero lo que era motivo de celebración para unos, era de preocupación para otros: el relajo de las costumbres y las ofensas a la moral provocaban el desasosiego de las autoridades eclesiásticas; estas sospechaban que detrás de cada acto pecaminoso estaba la directa influencia del diablo y sus tentaciones. En este ambiente se desarrolla la novela “Los amores del diablo en Alhué”, de Justo Abel Rosales, publicada entre 1882 y 1900. El texto relata la historia de Santiago Barreta, un suizo avecindado en Santiago, quien contrae matrimonio con la señorita Juana Putiel, en 1780. En plena luna de miel, la pareja decide trasladarse a Alhué, debido a las promisorias condiciones económicas para ejercer actividades de comercio. Ya en 1792, Barreta se había posicionado como una de las principales fortunas de Alhué, dedicándose a intercambiar herramientas y accesorios para la minería, enseres y alimentos a cambio de oro. La familia también había crecido: de ese matrimonio habían nacido cuatro niñas, de entre seis y doce años. Según narra la novela, es en este contexto donde el diablo entra en escena: un desconocido se entromete en la vida de la familia Barreta Putiel. Haciendo gala de su encanto, riqueza y elegancia, llama tanto la atención como la desconfianza de todos: cómo era posible que en un pequeño pueblo apareciera de la nada un hombre de sus características y nadie tuviera noticias suyas. DONDE EL DIABLO PERDIÓ EL PONCHO Escucha la historia aquí
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