76 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE Una vez inaugurado el canal La Sirena, los habitantes de Pirque fueron testigos de un hecho insólito, casi mágico: el agua del Maipo, en vez de correr río abajo; era capaz de ascender ladera arriba y serpentear por entre los cerros para irrigar los terrenos de don Ramón Subercaseaux. En consecuencia, la capacidad de controlar un elemento que da vida pero que también la quita, resultaba algo que solo sería capaz de hacer Dios… o el mismísimo demonio; y así se añadió un nuevo argumento que le echó más leña al fuego de la leyenda. Se supone que las razones por las que una persona ofrece su alma al diablo son la riqueza y el poder. Cuando el canal entró en operación, modificó la calidad de la tierra, se comenzaron a controlar los ciclos de la naturaleza de manera más eficiente, se generó una nueva y asimétrica cultura laboral entre patrón e inquilinos, y se pasó de una agricultura de subsistencia a una incipiente agroindustria de monocultivo. Esto le permitió a don Ramón Subercaseux recuperar rápidamente su inversión y aumentar con creces su fortuna; dicha riqueza terminó por confirmar las sospechas de muchos pircanos de un pacto entre el patrón y el Cola de Flecha. Efectivamente, Ramón Subercaseaux se transformó en un personaje con gran poder e influencia a nivel político, económico y social. Adquirió los terrenos de El Llano de Subercaseaux (actual comuna de San Miguel) y Santa Rosa de Colmo, en Quillota; fue uno de los principales accionistas del ferrocarril entre Santiago y Valparaíso e integró el Partido Conservador, llegando a ejercer el cargo de senador. Lo anterior corresponde a lo que está escrito en la historia; no obstante, la leyenda siguió corriendo por su propio curso. Es sabido que quienes venden su alma al diablo disfrutan de los beneficios inmediatos después del pacto, pero pronto olvidan sus obligaciones y solo comienzan a recordarlas cuando se acerca el plazo del ajuste de cuentas. Eso es lo que le sucedió a Subercaseaux, a quien las enfermedades y los achaques de la edad le recordaron que se aproximaba la fecha de saldar su deuda con un acreedor que no admite prórrogas ni negociaciones. A estas alturas, el magnate había perdido toda la prestancia y prepotencia que lo caracterizaban. Las noches de insomnio eran cada vez más frecuentes, se sobresaltaba con algún sonido inesperado y cualquier sombra furtiva era una potencial amenaza. El temor de tener que pagar con su alma la antigua deuda lo atormentaba y, al mismo tiempo, lo estimulaba para encontrar una salida que lo eximiera de su infernal destino. Así se enteró de una “contra” que podría burlar a su acreedor: un fraile le confidenció que la única manera de salvar su alma consistía en simular su propia muerte, metiéndose en un ataúd para ser velado en vida en una capilla ardiente durante toda una noche. Eso sí, era necesario que la ceremonia se celebrara con todas las de la ley, debiendo ser oficiada por un sacerdote y con deudos que lloraran su
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