EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

74 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE En 1830, don Ramón Subercaseaux Mercado adquiere los terrenos correspondientes a las haciendas San Juan y Santa Rita en Pirque, con parte de la fortuna que amasó a través de la actividad minera en el norte de Chile y en su casa de comercio en Valparaíso. Pero ¿por qué un exitoso comerciante de la época decide invertir parte importante de su patrimonio en un terreno evidentemente estéril? Quizás, haciendo uso de su buen olfato para los negocios o tal vez honrando su apellido materno, fue capaz de detectar oportunidades y potencialidades de inversión que probablemente otros habrían sido incapaces de descifrar. La historia establece que, una vez concretada la adquisición del extenso paño de terreno, Subercaseaux contrató al profesor Andrés de Gorbea para realizar el estudio y el trazado de un canal de cinco leguas de extensión (24 km, aproximadamente) cuyo objetivo era irrigar sus recién adquiridas tierras con las aguas del río Maipo. Posteriormente, encargó a su cuñado, Auguste Fontaine, la dirección de las faenas de construcción que en su totalidad habrían tenido un costo total de doscientos mil pesos de la época. Es en este importante hito donde se produce una bifurcación y, paralelo a la historia de Pirque, comienza a tejerse una leyenda que pervive relacionada a la construcción del canal, que establece que don Ramón Subercaseaux, al darse cuenta de la envergadura y las dificultades del proyecto en que se había embarcado, habría tomado consciencia de que la única manera de llevarlo a buen puerto era con la intervención directa de un poder sobrenatural. Es en este punto donde el diablo entra en escena, comprometiendo su ayuda en la construcción del canal a cambio del alma del magnate. Como si se tratara de una sociedad comercial, en el pacto ambas partes se comprometen a disponer de capital de trabajo para la realización del proyecto: Subercaseaux contribuiría con obreros y albañiles para trabajar en la construcción durante la jornada diurna, mientras que el diablo dispondría de una cuadrilla de demonios que se desempeñarían en el turno de la noche. Incluso, en Pirque se cuenta que vieron a ambos socios cabalgando para decidir de común acuerdo el trazado del proyecto. El diablo le indicó al terrateniente que el canal debía comenzar en la orilla del río y al llegar hasta la bocatoma, lanzó un chuzo con descomunal fuerza contra una roca, dejándolo enterrado hasta la mitad para demarcar el inicio de la obra. Se comenta que hasta el día de hoy puede verse el chuzo incrustado en la roca en el lecho del río, sin que nadie hubiese sido capaz de extraerlo. Las obras concluyeron en 1834 y el canal fue bautizado con el nombre de La Sirena, siendo por muchos años la obra de canalización de aguas más importante del país y transformando a la antigua localidad desértica en un terreno fértil para una incipiente agroindustria, principalmente

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