32 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE Sin embargo, en la Biblioteca Pública de Doñihue se puede encontrar un ejemplar del librillo “Mitos y leyendas de Doñihue”, de Sigifredo Acevedo Segovia, profesor de enseñanza básica quien, voluntariosamente, se encargó de recopilar las historias que circulan por el territorio y llevarlas al papel, en una edición financiada por la Municipalidad de Doñihue, donde describe breves relatos de brujos, duendes, entierros y, por supuesto, del diablo. La mayoría de los cuentos son arquetípicos, es decir, las mismas historias se han escuchado o leído como originarias de otras localidades, pero el recopilador se encarga de situarlas geográficamente en territorio doñihuano. Sin más preámbulo y con el permiso de don Sigifredo, nos tomaremos la libertad de relatar algunas de sus historias en las siguientes páginas. Cuando el diablo se aburre Cualquier persona que dedica su tiempo a realizar la misma tarea de forma repetitiva o rutinaria termina por verse sumida en el más profundo tedio. Esa misma sensación le sobrevino un día al diablo en el infierno, aburrido de provocar suplicios y martirios a las almas que en vida habían desviado su camino. Así que, para distraerse de su faena, decidió salir a dar unas vueltas y buscar a nuevos candidatos que avivaran las llamas del averno. Cuenta don Sigifredo que el diablo, en una de sus escapadas, llegó hasta Rancagua para arreglar cuentas con un cristiano, con quien había hecho un pacto. Coincidió que era fin de mes, fecha de pago de los mineros, y se encontró con varios de ellos que salían de las oficinas de calle Millán con sus billeteras abultadas, quienes lo invitaron a celebrar el canto de Gardel en una cantina cercana. El diablo, sediento y hambriento, fue incapaz de rechazar tan espléndido convite y se dispuso a disfrutar de un contundente almuerzo, regado con mostos de la región. Satisfecho y embriagado, a la hora de la despedida, se comprometió a regresar al mes siguiente. Así no más fue: cuando los mineros estaban recibiendo su salario, apareció el diablo, quien sin gran esfuerzo, los convenció de repetir la comilona, incluso ayudando a pagar la cuenta. Cenaron en el mejor restaurante y, terminados los postres, el Mandinga los desafió a ir a la Casa de Ladrillos, en la calle Rubio, a bailar cueca y otros sones. En el recinto, fue tanto el talento que desplegó el diablo bailando, que se corrió la voz y llegó gente de las poblaciones más apartadas para verlo. Eso sí, la única condición que el Cola de Flecha impuso para cualquier curioso que deseara ingresar a la casa era que, en su presencia, no podía portar medallitas, cruces ni escapularios.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy