EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

27 Finalizado el conflicto, Guerrero quedó desocupado y no recibió el más mínimo reconocimiento por su entrega. Quizás, en venganza contra un Estado que le había dado la espalda después de arriesgar su propia su vida para defenderlo, este diablo formó una banda de forajidos, junto a un grupo de camaradas que, con crueldad, asoló fundos, asaltó en carreteras y secuestró y violó a mujeres, entre una larga lista de delitos que se iban incorporando a su prontuario. Todo esto, en un territorio que la banda del diablo utilizaba como coto de caza, que abarcaba desde Salamanca hasta el valle del Aconcagua. Así, luego de la comisión de cualquier acto delictual, la banda se ocultaba de la acción de la justicia entre cerros y quebradas, sin dejar el más mínimo rastro. Rápidamente, la pandilla liderada por El Diablo se convirtió en un verdadero dolor de cabeza para las autoridades de la época. Cometían un delito por acá y al poco tiempo asaltaban a viajeros por allá, como si estuvieran en todas partes y, al mismo tiempo, en ningún lugar. Las andanzas de este diablo provocaron que la gobernación formara un destacamento especialmente dedicado a darle caza. Un día, la fortuna les sonrió: hasta el cuartel policial de Petorca llegó un soplo, indicando que El Diablo se encontraba en una chingana cerca de Chalaco, junto a su enamorada, quien pertenecía a un grupo de cantoras denominado “Las Petorquinas”. La policía llegó hasta el lugar y El Diablo intentó escapar, pero fue acorralado por los representantes de la ley, quienes lo superaban en número. Y, aunque dio la pelea hasta el final, los policías le propinaron tal golpiza, que el delincuente falleció en el mismo lugar donde fue sorprendido. El cuerpo inerte fue subido a una carreta, que recorrió las distintas localidades de Petorca y todo el trayecto hasta La Ligua, para que los camaradas que aún les faltaba por capturar vieran el destino que les esperaba. En La Ligua, el finado fue amarrado a un poste y exhibido así a la población durante varios días. En un momento, el guardia que lo vigilaba se ausentó y, al regresar, se percató de que el cuerpo de El Diablo había desaparecido. Se dice que una mujer piadosa se hizo cargo del cadáver para darle cristiana sepultura. La historia no concluye aquí: la crónica de la época asegura que El Diablo regresó a Petorca, pero en forma de un gran buitre negro, para alimentar aún más su leyenda. MÁS VALE DIABLO CONOCIDO

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