211 CON EL DIABLO EN EL CUERPO El problema es que los tiempos de bonanza suelen pasar más rápido que los de esfuerzo, y las dos décadas transcurrieron casi sin darse cuenta. Ya se acercaba la hora de pagar con su alma la acreencia, pero este hombre no se daba por vencido. El dinero todo lo puede y también podría ayudarlo a salir de este entuerto. En esa búsqueda le dieron el dato de un meico que, ante un generoso pago previo, le aconsejó que la única manera de burlar al diablo y evitar pagar su deuda era realizando un velatorio falso, donde el hombre debía fingirse muerto. Mientras, el curandero y su ayudante debían rezar durante toda la noche, sin parar, hasta que los primeros rayos de sol del amanecer anunciaran la llegada del nuevo día. El meico fue insistente en que debían rezar durante toda la noche, sin detenerse, porque el diablo le teme al poder de la oración y podría aprovechar hasta la más breve pausa para hacer acto de presencia y llevarse el alma del condenado. La leyenda cuenta que el ritual se realizó conforme a lo acordado: el hombre se recostó al interior de un ataúd, mientras el meico y su ayudante comenzaron a rezar, sabiendo que les esperaba una larga y difícil noche. Apenas se dejó caer la oscuridad, el Mandinga anunció su presencia por medio de un fuerte viento que azotaba las puertas y ventanas del recinto, que hacía aullar lastimeramente a los perros y relinchar a los caballos inquietos. Sin embargo, nada de eso amedrentó al curandero y a su asistente, que continuaron rezando hasta que se hizo de día. Así, el hombre pudo salvar su alma y continuar llevando una vida de riquezas. Compromiso firmado en sangre.
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