210 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE Pero los poderes curativos que poseía este conocido meico tenían un origen bastante tenebroso: “Era por todos sabido que don Bernardo Pavez había hecho un pacto con el diablo y le había entregado su alma a cambio de poder y de sabiduría, que lo llevaron a convertirse en curandero. Esto era un habitual tema de conversación entre los adultos, se hablaba siempre en las conversaciones familiares y yo me enteraba de puro entrometido”, agrega Peña Ramírez. Pasaron los años y en la población comenzó a correrse la voz que a don Beño le estaba llegando la hora del ajuste de cuentas con el diablo y la única manera de evitar el castigo eterno para su alma era simulando un velatorio en vida. Para este efecto, don Beño se hizo ayudar de un hombre pobre que vivía en un cerro. Peña Ramírez señala que “en el pueblo se contaba que, una vez que don Beño falleció, lo llevaron al cementerio y su ataúd estaba vacío. Y el señor que lo veló en vida heredó sus dones y también sus obligaciones con el diablo. Con el tiempo se hizo conocido como el “meico del cerro”, pues vivía en la ladera de la cuesta de Lo González y al igual que su antecesor, este señor fue ganando fama y dinero gracias a sus poderes curativos”. Coherente con esta relación entre los meicos y el diablo son las historias que comparte el profesor Patricio Trujillos Moscoso, docente del Liceo San José del Carmen, en Palmilla. Una de ellas debe haber ocurrido hace más de 80 años, en una época en que las distancias eran más largas, el tiempo transcurría más lento, las personas se guardaban en sus casas temprano —apenas el sol se escondía— y la oscuridad de la noche se interrumpía brevemente gracias a la luz de las velas. Por entonces, al diablo se le describía como un huaso alto, vestido de negro, con manta de castilla y montando un caballo negro, que pasada la medianoche salía a los caminos para tentar a los incautos con grandes riquezas a cambio de sus almas, que terminarían alimentando el fuego del infierno. En uno de estos encuentros, el diablo se cruza con un hombre que le ofreció su alma a cambio de veinte años de una vida colmada de esplendor y opulencia. Luego de firmar un contrato con su sangre, el Cola de Flecha desapareció dejando una hedionda nube de azufre. A la mañana siguiente, el hombre se fue sorprendiendo una y otra vez de cómo su permanente mala suerte iba mutando a buena estrella: ganaba premios en dinero, hacía buenas inversiones y en un muy poco tiempo había alcanzado el nivel de vida que soñaba y que el diablo le había prometido.
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