194 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE Asustados, abandonaron lamina como alma que la lleva el diablo, regresaron al campamento y se acostaron a dormir, con la esperanza de que el sueño les hiciera olvidar los espeluznantes acontecimientos de la jornada. Pero no fue así: a medianoche, una misteriosa fuerza comenzó a elevarlos y a tratar de sacarlos por el techo. Los desesperados gritos de Octavio y Gumercindo despertaron a los mineros y uno de ellos, al presenciar la escalofriante escena, pronunció: “¡Ave María Purísima!”, y el oscuro poder soltó a los frustrados apostadores, que cayeron como sacos de papas en sus respectivas camas. El pánico los mantuvo alejados de la mina por unos días, pero al ser advertidos de un posible despido, no les quedó otra alternativa que regresar a la faena. El primer día de arduo trabajo tras el incidente les hizo olvidar el susto, y cuando estaba por terminar la jornada, recogieron sus herramientas y un cartucho de dinamita que no había explosionado detonó de improviso a la altura de sus rostros, dejándolos heridos de gravedad. A consecuencia de ese accidente, ambos amigos perdieron la vista. Para muchos, ese fue el castigo que el diablo les dejó en vida a causa de su codicia: la ceguera impidió que Octavio y Gumercindo volvieran a apostar. Murieron viejos, sin recuperar jamás la visión.
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