193 CON EL DIABLO EN EL CUERPO “En ese lugar improvisaron una suerte de altar, donde colocaron un as de espadas de cara al suelo y lo rodearon con un círculo de gruesas velas encendidas para honrar al Diablo y pedirle su favor a la hora del juego”. Dicen que la ambición rompe el saco y tan cierto es que hasta Satanás los abandonó en esa última apuesta. Los dos compadres perdieron hasta el último céntimo y abandonaron la cantina mucho más pobres de cómo habían ingresado. Sorprendidos y arruinados, decidieron regresar a la mina para revisar la ofrenda y descubrir en qué habían fallado. En el camino vieron que varios pasos más adelante había un misterioso hombre vestido completamente de negro, que caminaba directo hacia el lugar donde horas antes habían hecho la ofrenda. Pensando que se trataría de algún apostador rival que había descubierto su sistema para ganar en las apuestas, lo siguieron discretamente. Al llegar al lugar, el misterioso hombre de negro desapareció, y Octavio y Gumercindo fueron rodeados por un remolino de viento frío. Cuando se acercaron a ver la ofrenda, el as de espadas estaba chamuscado y las velas, retorcidas, se mantenían encendidas como brasas.
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