EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

169 POBRE DIABLO Pero el tiempo transcurre siempre inexorable y fue dejando marcas imborrables en la vida de don Juan de Dios: la tristeza lo golpeó duramente cuando enviudó, pero también conoció la dicha cuando nacieron sus nietos. A pesar de ser un abuelo querendón, una sombra de preocupación oscurecía su mirada y, muy a menudo, se le escuchaba murmurar: “Ya se acerca la fecha, ya se acerca la fecha…”. Un día, caminando por el campo, a don Juan de Dios se le apareció el Mandinga, quien le dijo: “¡Ya te voy a venir buscar a ti!”, cerrando con una tenebrosa carcajada. “¡Dame un poco más de tiempo, por favor, por lo menos para poder despedirme de mis nietos!”, le rogó, pero el Maligno desapareció, con un azufroso estallido. Al día siguiente de este terrorífico encuentro, don Juan de Dios empacó algo de ropa y unos regalos que tenía para sus nietos y emprendió la caminata por unos cerros que debía atravesar para llegar a la casa de su hijo, que lo estaba esperando junto a su familia. Sin embargo, nunca apareció y entre los vecinos comenzaron a buscarlo, hasta que lo único que encontraron fue su ropa, su chupalla y su equipaje, con los regalos para sus nietos. Daba la impresión de que su cuerpo se había esfumado, porque todas sus pertenencias estaban intactas, impregnadas con un fuerte olor a azufre y esparcidas alrededor de una oscura mancha de maleza carbonizada. “Daba la impresión que su cuerpo se había esfumado, porque todas sus pertenencias estaban intactas, impregnadas con un fuerte olor a azufre, y esparcidas alrededor de una oscura mancha de maleza carbonizada”.

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