158 El Mandinga HISTORIAS DEL DIABLO EN LA ZONA CENTRAL DE CHILE Apenas comenzó a orar, los perros empezaron a aullar lastimeramente, aumentando la sensación de temor, mientras el cuerpo tirado en el piso continuaba creciendo. Ahí, don Lalo se armó de valor y se escurrió por el espacio que había entre el alambrado y la figura que continuaba aumentando de tamaño y se fue corriendo a su casa, donde lo esperaba su esposa. Don Lalo le explicó lo que le había sucedido y juntos empezaron nuevamente a invocar el salmo 91, y cuanto más rezaban, más fuerte aullaban los perros. Es sabido en el campo que cuando los perros aúllan así es porque el diablo anda deambulando, entonces, se acordaron de una oración tradicional que se usa en estos casos: Santa Ana parió a María, Santa Isabel a San Juan. Con estas santas palabras Los perros se han de callar. Y así fue: los perros quedaron en silencio. Don Lalo todavía recuerda ese hecho, reviviendo el temor que sintió esa noche. Porque para él no cabe ninguna duda: ese misterioso cuerpo que crecía era el diablo que quería obstaculizarle el paso para llevárselo al infierno. En Cerro Negro, en Cabildo, don Lalo cuenta que hay una faena minera denominada el Pique del Diablo, porque de acuerdo con las historias que contaban los mineros más viejos, era el mismo Cola de Flecha quien les había indicado el lugar exacto donde había vetas para extraer el metal. Es más, cuando se terminaba el turno y los mineros iban bajando, se encontraban con el diablo que iba subiendo al pique, como si a él le correspondiera trabajar en la faena durante el turno de noche. Mucho tiempo después, pusieron cruces para evitar que el Malulo volviera a aparecer. También, don Lalo relata la historia de un minero que se encontraba sin trabajo, cuando llegó un desconocido que le dijo que le iba a indicar el lugar preciso donde existía una veta de oro en un cerro, que lo iban a trabajar juntos e iban a repartir las ganancias en partes iguales. Cuando llegaron al sitio, el extraño le dijo que él se haría cargo de la extracción del mineral, mientras que el minero debía cargar lo extraído en un capacho y llevarlo hacia el pueblo. Al minero le sorprendió la velocidad con que el desconocido trabajaba y extraía el mineral, pero no hizo mayor comentario, cargando el capacho para cumplir con su parte. Cuando regresó con el morral vacío, notó la gran cantidad de mineral que el desconocido había acumulado en su ausencia, que correspondía a lo que habrían sacado cuatro mineros trabajando al mismo
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