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54 comunidad, tanto en su andar cotidiano como en los momentos especiales, de excepción ritual. Don Germán hace un dibujo explicando cómo se hacía el corte en cada orejita. Había un corte específico para los animales del matrimonio, de los hijos mayores, etc. Para él, sin embargo, no es muy buena la k’illpa, porque piensa que eso les duele a los animales. Él utiliza crotal para identificarlos. Según su visión, no es mucha la gente que hoy sigue cortando las orejas al ganado. Además, se lamenta diciendo que era un esfuerzo tremendo hacer la k’illpa y que se necesitaba a mucha gente: quienes sostuvieran al animal, quienes hicieran el corte y lo guardaran en la ch’uspa (pequeño bolso de uso ritual); estaba el momento de la ceremonia “en la que hacían el titi, como le llaman a ese gatito montés”. La última k’illpa que don Germán practicó fue con sus hijos. “Después ya se vinieron pa’ acá [Arica], ya yo quedé solo allá. Si yo estoy solo, ¿qué voy a hacer yo? No puedo hacer nada yo”. Marzo La monta dirigida finaliza, aproximadamente, la primera quincena de este mes. Cuando termina este proceso, se mantiene al macho siempre separado en los cerros. Don Germán cuenta que era un rebaño de cincuenta a sesenta machos y todos los años hacían una “saca”. Es decir, cuando las crías cumplían un año, entonces se juntaban con la tropa. “Por eso hay que cuidarlo, el pastor”. Como su papá tenía varios hijos, cada hijo se preocupaba de ir con el perro a sacar a los machos a pastar. Junio Don Germán recuerda el Machaq Mara. Haciendo memoria, aclara: “San Juan, decían otros”. Sostiene que cada caserío celebraba el Machaq Mara de manera familiar. Se hacía una “misa, le llamo yo, así, bien adornadito, un parcito, con 24 banderas de papel, coquita, huntu (grasa de llama)… pa’ ponerle, pastillas, todo… fruta…”. Relata que se prendía un fuego mientras se daba las gracias a las vertientes, los pastizales, los cerros, la pampa, etc. Agrega que agradecían con vino y cerveza. “Vamos a entrar al nuevo año, decían”. Pero él ya no practica esa celebración. También iban a los cerros a prender fuegos. “Hay que buscar la fe, dice, en los cerros (...) Allá [alarga la a], al frente, otro vecino igual está por allá [de nuevo alarga la a]. Oye, esa noche, el 23, San Juan, eso, buu, todos los cerros encendían. Hoy día ya no se hace nada de eso”. Le pregunto por qué se prendía fuego y me cuenta que decían que era para llamar a la suerte, para tener abundancia de ganado, pero termina diciendo: “pa mí como que no era tan objetivo eso, pero… claro, los niños jugaban con eso (...) Nosotros, pshhh, es como jugar un juego”. Al día siguiente, el papá iba a la vertiente antes

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