91 lo aymara a lo boliviano y lo afrodescendiente a lo peruano en un relato ficcionado desde la capital y la autopercepción de los políticos, lo que es igual a decir que la élite chilena tenía la delirante idea de que el fenotipo del chileno promedio era el que correspondía a rasgos caucásicos. Y surge la pregunta inevitable: en ese escenario modernizador o, al menos, modernizante, donde los conceptos de desarrollo, progreso y capital acaparan un espacio tan desmesurado dentro del imaginario nacional, continental, global, ¿cuál es la lectura, cuáles las necesidades, los anhelos de los y las ganaderas? Sobre todo, ¿cuál es la narrativa sobre su propia historia? ¿Qué deciden contar y qué callar? ¿Qué les interesa? Luego de estos meses de puestas en común, reconstrucción de memorias, pero aún antes, de convivencia esporádica con don Germán Flores en su estancia de Ancara o durante los ayni de Guallatire, donde siempre nos permitieron ser y sentirnos parte, pudimos comprender una gran necesidad transversal a todos los territorios por los que caminamos: la urgencia de revitalizar una memoria ancestral. ¿A qué nos referimos con una memoria ancestral? En cada territorio, en cada relato y recuerdo hubo quienes mencionaron a sus abuelos y abuelas, padres o madres. También fueron nombrados los ancianos de diversos caseríos, considerándolos personas mejor preparadas -o, de alguna manera, autoridades validadas- para compartir sus relatos con quienes recabamos estos conocimientos. De ello podría bien desprenderse -y, nuevamente, en estrecho diálogo con Bispo y Krenak- que en esta sociedad sintética, la aproximación al antropoceno71, el colapso climático, la desigualdad estructural y el creciente individualismo junto a la explotación de ese capital humano en caótica e irrefrenable competencia, cada vez nos alejamos más de la tierra. Nuestros abuelos y abuelas, en cambio, en todas las latitudes y meridianos del planeta, siempre estuvieron más cerca de sus ciclos, de lo orgánico, que es el movimiento, el sueño, el arte, el descanso. “Todos los pájaros saben cantar”, dice Antonio Bispo en el mismo encuentro referenciado más arriba. Para la generación con la que se levantaron estos datos72, las y los ancianos son grandes autoridades, depositarios de un saber incalculable. Son las raíces del árbol; las que, finalmente, permiten que el árbol se sostenga en pie. Sabiendo que, por regla general, entre los pueblos originarios de los distintos lugares del mundo se practica el respeto y honra a las y los mayores, nos atrevemos a hacer una propuesta que nos permita acercarnos a la razón de ello para este caso en particular. Los ancianos y ancianas guardan la sabiduría en la k’illpa que no se exhibe en una muestra turística, ni que espera retribución económica; en cambio, prepara la orquesta y alista la sinfonía del altiplano para honrar al ganado, ese tan venerado, cuidado y querido para el hombre, la mujer, niño y niña aymara. Y agradece a la tierra porque es ella quien provee, generosamente, todos los dones que sostienen nuestra vida. 71. El antropoceno es un periodo geológico propuesto recientemente para denominar el momento que vivimos donde los grandes cambios del planeta se deben a la acción humana sobre él (Trischler, 2017).” 72. El rango etáreo de las y los ganaderos que llegaron a las convocatorias, en la gran mayoría de los casos, oscilaba entre los 50 y los 65 años.
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