207 Se podría decir que el segundo caso fue una derivación: un médico que conocía del interés del Dr. Uribe por estos temas le presentó el caso de un paciente que, prácticamente de un día para otro, había caído en el alcoholismo, lo habían despedido de su trabajo y había abandonado a su familia. El hombre aseguraba que el diablo era quien lo había llevado hasta esa condición. Al Dr. Uribe lo invitaron a un ritual, realizado por un sacerdote dominico. Al principio, estaba todo relativamente normal hasta que, de repente, el paciente cambió su voz por otra gutural, grave y ajena, que dijo: “Solo me iré de él cuando diga la palabra”. Se le hicieron varios rituales, en diferentes ocasiones, sin lograr el resultado esperado y, después de cada uno, el hombre terminaba agotado, con compromiso de conciencia o experimentando crisis convulsivas. Hasta que, en una de las ceremonias, el hombre gritó “¡Domini!”, que significa Señor en latín y, en ese momento, los síntomas terminaron. Ciertamente, el Dr. Uribe, como médico, ejerce su profesión desde la óptica de su formación científica. No puede ser de otra manera. No obstante, estos casos le confirman que hay algo más allá que escapa a la racionalidad. Al ser consultado si siente miedo, con mucho humor asegura que él no puede atemorizarse de los muertos, porque ellos forman parte de su profesión. También cree que él estaría más asustado si viviera en la soledad, pero que nunca ha experimentado esa sensación, porque él se siente acompañado y protegido por Dios. Finalmente, asevera que la psiquiatría, que ha estudiado de manera independiente, es una herramienta que le ha sido de gran utilidad, no solo en los casos de supuestas posesiones, sino que en su práctica cotidiana en el servicio de urgencia, por cuanto le permite reconocer síntomas y derivar a psiquiatras, según corresponda, e incluso al hospital psiquiátrico, que es lo que más lamenta, porque de acuerdo con sus propias palabras, ese es el infierno en la tierra. CON EL DIABLO EN EL CUERPO
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