EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

175 POBRE DIABLO 5. El ladrillo faltante Cuentan que un millonario español encargó a un lugareño la construcción de una gran casa patronal en una localidad del valle del Elqui. El pago por sus servicios sería cuantioso; eso sí, con la condición de entregar el trabajo en el plazo convenido. De lo contrario, el mandante se encargaría de secar al campesino en la cárcel. El huaso se encontraba atribulado, porque el plazo de entrega acordado estaba cada vez más cerca, pero la construcción no avanzaba de acuerdo con lo planificado. La desesperación lo llevó a invocar al diablo, porque estaba dispuesto a entregar su alma, con tal de cumplir lo comprometido. De tanto insistir, el Mandinga apareció en forma de un caballero vestido de rojo, con una barba negra, larga y puntiaguda, caminando afirmado de un bastón. “Soy Satanás”, le dijo. “Escuché tu llamado, estoy dispuesto a satisfacer cualquier deseo tuyo, a cambio de tu alma”. Tal era su angustia por cumplir el contrato con su mandante, que ni siquiera sintió miedo al encontrarse con el diablo: “Necesito que termines esta construcción antes del día 15, porque no quiero ir a la cárcel”, le dijo. “Yo puedo terminarla incluso antes de que amanezca, pero a cambio quiero tu alma”, insistió el Cola de Flecha. “Estoy de acuerdo”, respondió el huaso. “Eso sí, en el caso de que llegue a faltar un solo ladrillo antes del amanecer, el trato se anula”, agregó. “Conforme”, accedió el diablo, con la seguridad que brinda la omnipotencia. Luego de dar un fuerte golpe en el suelo con su bastón, el cielo se oscureció y sonó un aterrador trueno que rajó la tierra y, desde la grieta, surgió un verdadero ejército de demonios, que inmediatamente se puso manos a la obra, de manera que la construcción fue tomando forma a una velocidad inusitada. Mientras los demonios trabajaban, el huaso asumió que la pérdida de su alma era inminente y se le ocurrió una idea para quedar con pan y pedazo: notó que un ladrillo estaba suelto, lo sacó, lo marcó con una cruz y lo dejó en el suelo. Cuando amaneció, la construcción estaba terminada. O, para ser precisos, casi terminada: solo restaba poner el ladrillo faltante en el muro, al que ningún demonio se quería acercar, ya que estaba marcado con una cruz.

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