173 POBRE DIABLO 4. El guacho pelado Juan Flores era un huaso doñihuano que estaba cansado de su mala suerte y de bailar con la fea un día sí y el otro también. La desesperación cundía, porque la pobreza se había convertido en fiel compañera y, entre queja y queja, decidió jugar su última carta: invocó al diablo con insistencia majadera, hasta que este apareció. Después de escuchar sus infortunios, el Cola de Flecha se comprometió a concederle mucha riqueza a cambio de su alma, que debería entregar puntualmente quince años más tarde, a la medianoche. “Trato hecho”, dijo el huaso, firmando el contrato con su propia sangre como tinta. Así, la suerte de Juan Flores cambió de la noche a la mañana. La miseria se transformó en riqueza, la que le permitió adquirir propiedades y vivir la gran vida con la que siempre había soñado, ayudando a sus amigos y también convidándoles comida y bebida con generosidad, convirtiéndose en un personaje muy querido en todo el pueblo. Dicen que el tiempo se pasa volando cuando uno se divierte y así le ocurrió a Juan Flores. Ya habían transcurrido los quince años del plazo y a la medianoche llegaría la hora de entregar su alma como pago a la deuda adquirida. Este huaso, de generosa cabellera, de brazos velludos y pelo en pecho, buscó una ingeniosa manera de burlar a tan tenebroso acreedor, rapándose por completo, con tal de pasar desapercibido. Qué se podía perder, en una de esas, pasadas las doce de la noche, también pasaría la vieja. Ese día había fiesta en el pueblo y este huaso ya completamente rapado de pies a cabeza —sin un pelo de tonto, como se dice—, comentó a todos los asistentes que, si aparecía algún desconocido preguntando por Juan Flores, le respondieran que no lo conocían. Ya más tranquilo, Juan se dedicó a ponerle entre pera y bigote, pensando que el tema de la deuda era cosa del pasado. Cuando el campanario de la iglesia dio la duodécima campanada anunciando la medianoche, llegó a la fiesta un huaso muy bien plantado, alto, elegante y con un diente de oro que relumbraba en la penumbra, cabalgando un brioso corcel negro. Al descender de su montura, el recién llegado comenzó a preguntar por Juan Flores a todo el que se le cruzara; sin embargo, uno a uno le contestaban que no lo conocían. El forastero siguió recorriendo el recinto y preguntando por Juan Flores, pero todos lo volvieron a negar.
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