EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

167 POBRE DIABLO temática era abordada por el radioteatro “Lo que cuenta el viento”, emitido por Radio Portales, de lunes a viernes, al mediodía. Al aire se emitían historias terroríficas o leyendas que los propios auditores describían en cartas que enviaban a la radioemisora. Hurgando en internet, descubrimos que en YouTube existen audios digitalizados de emisiones de este programa y hay un capítulo disponible, titulado “El hombre condenado”. Un radioescucha de Hualañé envió una carta, narrando una historia de un lugareño que vendió su alma al diablo, con tal de no tener que trabajar más y entregar su existencia al vicio. La historia cuenta que, hace muchos años, vivía don Juan de Dios Rojas, casado con doña María Rosario. El matrimonio subsistía principalmente del trabajo de la tierra y también de algunos oficios que la mujer podía desempeñar, como tejidos en telar, lavar ropa o remendar prendas que le encargaban algunos vecinos. Con el correr del tiempo, don Juan de Dios se puso muy flojo y ponía mucho más empeño en empinar el codo y prender un cigarrillo tras otro que en faenar el campo para que diera frutos. Nada contenta con eso, doña María lo presionaba para que la cortara con la flojera y se animara de una vez a trabajar, porque por mucho esfuerzo que ella pusiera, no alcanzaba para mantener a la familia. Don Juan de Dios hacía oídos sordos a cualquier reclamo de su señora, y cada peso que conseguía bajo la ley del mínimo esfuerzo se convertía en vino. No había caso con el hombre. Incluso, llegó a la indignidad de pedirle plata a su mujer para solventar sus vicios. Ante cualquier oferta de empleo, la respuesta de don Juan de Dios era una negativa rotunda. Total, para qué trabajar, si siempre, de una u otra manera, se las arreglaba para saciar su sed. La insistencia y la porfía de doña María eran pan de cada día y, ante eso don Juan de Dios contestaba con desdén: “Un día de estos voy a ser rico, muy rico y nunca más voy a tener la necesidad de trabajarle un peso a nadie”. Una tarde, después de una discusión, don Juan de Dios salió de la casa con portazo de por medio. A doña María no le extrañó: las disputas, a esas alturas, eran pan de cada día y siempre terminaban de la misma manera, con don Juan marchándose del hogar molesto y con el claro destino de arreglárselas de una u otra manera para que alguien le invitara algunas cañas de vino. La diferencia de esta ocasión es que pasaban las horas y el hombre no regresaba. En el pasado, por muy enojado o excedido de copas que estuviera, siempre llegaba a dormir bajo el techo familiar. A la mañana siguiente, la preocupación de doña María era mayúscula. Incluso fue a consultar a las casas de vecinos para saber si tenían novedades del paradero de

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