153 POBRE DIABLO Cuando terminó de rezar, volvió a abrir sus ojos y el desconocido ya no estaba. Por su parte, don Lalo comenta que algunas de estas “mentiras” le fueron relatadas; otras, sin embargo, fueron protagonizadas por él mismo. Si bien la principal actividad económica de Petorca es la agricultura, más de la mitad de sus habitantes han buscado en la minería artesanal su medio de supervivencia, y don Lalo recuerda que, en su juventud, solían subir a los cerros en busca de vetas y minerales para extraer cobre, oro y plata. Por lo general, se subía y se permanecía allí 15 o 20 días y se bajaba con un burro cargado de mineral para vender. Por esos años, dos amigos subieron al cerro y estuvieron arriba casi dos meses, hasta que uno dijo: “Ya no aguanto más, me voy”. Y su compañero accedió diciendo: “Bueno, vámonos, total, ya tenemos la remesa”. Una de las razones que tenía incómodo al primer minero era la cantidad de tiempo que había pasado arriba sin compartir con una mujer. “Estoy desesperado, ya no aguanto más”, señaló el primer minero. “¡Cálmate, hombre, si ya vamos en camino de vuelta!”, lo sosegó su compañero. Continuaron caminando en silencio, pero el primer minero no podía sacarse la idea de su cabeza, que ya se había transformado en una verdadera obsesión: “Estoy tan desesperado, que hasta con el mismo diablo me acostaría”, comentó, dejando entrever su angustia. “¡Déjate de hablar leseras, que en una de esas hasta se nos aparece!”, le respondió el otro, llamándolo a la calma. Más adelante, sobre una roca, encontraron a una bellísima mujer recostada, como si los estuviera esperando. “¡Mis deseos se han hecho realidad, compadrito!”, exclamó con urgencia el minero. “Si serás imbécil… ¿Cómo se te ocurre que podríamos encontrarnos a una mujer así en medio de la nada? ¡Esta mujer no puede ser otra persona más que el diablo!”, le respondió su compañero, tratando de que entrara en razón. “Bueno, para salir de dudas, espérame allá, debajo de ese espino, mientras yo voy a ir a conversar con la dama”, retrucó el primero. El minero se acercó a la muchacha, preguntándole: “¿Qué hace aquí, usted, tan solita?”. Y la dama le respondió: “Es que yo soy solita”. Y ahí empezaron a conversar cuando, en un abrir y cerrar de ojos, la hermosa mujer se transformó en un diablo feo, y medio aturdido, el minero se quedó mirándolo sorprendido.
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