EL MANDINGA :: Historias del diablo en la zona central de Chile

117 De la cima del cerro Gulutrén, el diablo bajaba a participar en campeonatos de rayuela con jugadores locales, que era su gran debilidad y predilección. Aunque siempre se encargaba de dejar las cosas claras antes de empezar la competencia: no permitía a sus rivales que dibujaran cruces a la raya. Cuando sus contendores se dieron cuenta de su talón de Aquiles, comenzaron a trazar cruces en cualquier parte, el diablo empezó perder su perfecta puntería y sus tejos dejaron de caer siempre en la quemada, como ya era costumbre. Frustrado, derrotado y molesto, el diablo dejó de asistir a las partidas de rayuela y, desde ese momento en adelante, prefirió jugar solo. Desde la cumbre del Gulutrén lanzaba los tejos y establecía la raya en el río Cachapoal, pero como no le gustaba mojarse, la cambió de lugar y la instaló en una pequeña colina al otro lado del río, en un sector denominado Larmahue. Pero la vida del diablo no era tan idílica. Un cura de apellido López se había transformado en su enemigo jurado y se había empecinado en exiliarlo de Peumo, principalmente, porque el Maligno tentaba diariamente a sus feligreses, arrastrándolos con facilidad a la cantina del pueblo y dejando la iglesia prácticamente vacía. También, al sacerdote le preocupaban los estragos que estaba causando en el pueblo su refinado arte de seducir, cautivando a mujeres de trenzas sueltas y también corrompiendo a las más virtuosas. El colmo llegó cuando sorprendió a las monjitas que vivían junto a la iglesia de Peumo, entonando las más atrevidas y pícaras cuecas en pleno claustro, que solo pudieron haberlas aprendido del mismísimo diablo. La fuerza de las pruebas era irrefutable y el cura López no podía quedarse mirando de brazos cruzados como un pueblo de buen vivir se dejaba hechizar por los torcidos encantos del Señor de las Tinieblas. El Cola de Flecha acusó recibo de la declaración de guerra y su primera escaramuza consistió en raptar a las monjitas del claustro. Efectivamente, una mañana el cura López ingresó a la iglesia para realizar la primera oración del día, sin encontrar a ninguna religiosa que lo acompañara. Revisó en las habitaciones, en la cocina, en la huerta y nada, no había rastro de las hermanas. De pronto miró al cielo y grande fue su sorpresa cuando descubrió que las monjitas estaban sobre el techo de la iglesia y no sabían cómo bajar. Ante la consulta de cómo llegaron ahí, argumentaron ignorancia y que solo sintieron un violento calor tibio que las abrasaba y unos deseos grandes de marchar a hacia lo desconocido. Así, las religiosas, pensando que abandonar sus respectivas habitaciones no era pecado, y arrastradas por una misteriosa brisa, terminaron en el techo de la casa de Dios, incapaces de descender por voluntad propia. DONDE EL DIABLO PERDIÓ EL PONCHO

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