Historias de Los Pueblos Originarios

::138:: CONCURSO HISTORIAS DE NUESTRA TIERRA oscuridad de la luna, vio dos luces pequeñas, pensó «de seguro debe ser gente que ha prendido fuego», él creyó que se trataba de su pueblo y se alegró por un instante, hasta que enseguida se dio cuenta que tales luces amarillas se trataban de los ojos de un tigre. Estos se acercaban cada vez más y más, entonces sintió tanto miedo por la soledad que traía, que se largó a llorar. — ¿Y qué pasó después, abuela? —a ese punto de la historia, esta me había consumido totalmente y solo quería seguir oyendo sobre ella. — No todos los tigres son malos, hija. Existen tigres buenos, como este. El tigre se detuvo, y el hombre recordó las historias que le había contado su abuela, de cuando los animales y las personas eran amigos y compartían juntos. El hombre lo acarició, y el tigre lo miraba confiablemente, en ese pequeño lazo de tiempo se había formado una confianza mutua desde las sombras de un gran árbol. “Peñi Nahuel147, no me hagas daño, por favor”, le dijo el hombre mapuche a su hermano tigre. El tigre, lo miró fijamente y asintió con la cabeza hacia un lado, como si hubiera comprendido lo que le había dicho el hombre. El animal comenzó a caminar, y el hombre lo siguió. Caminaron toda la noche, el hombre estaba un poco nervioso, ya que en cualquier momento el tigre lo podía desconocer y lo podía atacar. A la vez, viciado por el ruido de las ramas al ser pisadas por el tigre que caminaba delante de él. Cuando aclaró continuaron caminando. Por la noche, el tigre le buscó un refugio en el hueco de un pehuén, mientras él tomaba el cargo de guardia arriba de las ramas del árbol. El tigre cazó para el hombre, comieron y compartiendo la comida, hicieron carreras de correr, y se revolcaban en las riberas de los ríos. El tigre se dejaba hasta acariciar. Una tarde se acercaron a la cordillera. El hombre percibió que el viento traía el humo de las fogatas de su gente. Esa noche durmieron como lo habían hecho durante todo el camino, pero a la mañana siguiente, el tigre había desaparecido, y aunque el hombre lo buscó durante unas horas, este no apareció por ningún lado. “¡Gracias Peñi Nahuel!”, gritó el hombre, y gracias al viento, el mensaje llegó hasta los oídos del tigre. Aún recuerdo aquella tarde en la que mi abuela hacía memoria de su vida y yo aprendía de ella entre las sombras de un árbol. Ahora me encuentro a las sombras de un árbol provocadas por la luz de la luna y a la lejanía, se acercan dos brillosos ojos amarillos que me miran fijamente entre la oscuridad. — ¿Peñi Nahuel, eres tú? —gritó hacia el vacío. 147 Peñi Nahuel: hermano tigre en lengua mapudungun (nota de la autora).

RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy