Historias de Los Pueblos Originarios

::117:: Historias de los Pueblos Originarios escritas por niñas, niños y jóvenes de Chile Mi sueño Laura Sofía Álvarez Díaz 13 años Primavera, Región de Magallanes Primer lugar regional 2019 Había sido un día agotador. Estaba volviendo a mi casa desde la escuela a las 18:30 horas, y ya estaba oscuro; se estaba asomando la hermosa luna llena y ya se divisaban algunas estrellas en el cielo. Cuando al fin estaba afuera de mi casa, miré hacia la pampa, cuyos hermosos colores no se ven de noche. A lo lejos, se veía una gran fogata, y por la luz que entregaba, se podía ver el humo que llegaba hasta el cielo estrellado. Me relajé y entré a casa. Ya acostada, a punto de dormirme, vino a mi mente la gran fogata que había visto antes y me dormí pensando en eso… Comencé a sentir el frío pasando por mi cuerpo; trato de taparme de nuevo pero lo único que siento es pasto, un pasto helado y mojado. Abro mis ojos y lo que veo son árboles tan altos que llegan al cielo pintado de los colores que produce el inmenso sol que estaba a punto de esconderse. Era un hermoso atardecer magallánico. Me paro del suelo mojado y miro para los lados, para ver si encuentro alguna casa cerca, pero lo único que veo son unas bellas matas llenas de calafates que están listos para ser devorados. Saqué uno y lo comí, estaba dulce, pero a la vez ácido, era delicioso. Escuché un ruido, eran niños jugando. «Debo estar cerca de un parque o algo así», me dije a mi misma. Seguí el ruido y eso me llevó a una ruca. ¡No lo creía! Había muchas rucas, estaba en una tribu selk’nam. ¡Era imposible! Estas tribus se extinguieron hace mucho tiempo y no entendía cómo llegué a encontrar una. Me quedé detrás de un árbol, observando todo lo que siempre quise conocer; había niños corriendo, mujeres trabajando y los hombres armando chozas. Me acerqué hacia una y entré. Nadie me vio. Vi las hermosas cosas que ellos creaban, había pieles de guanacos y mucha comida. Me dio hambre, tomé un puñado de calafates y salí de la choza. Los calafates estaban deliciosos. Afuera ya era casi de noche, la luna estaba saliendo y era de color amarilla y se veía más hermosa de lo normal. Las personas empezaron a entrar a sus chozas, menos un joven junto a una mujer. Se veía como su madre. «Ambos se me hacían conocidos», pensé por un momento; además, los acompañaba un hombre que por su ropa se podría decir

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