propuesta_noviembre_13

30 Servicio militar Con dieciséis años, Don Germán se fue como ayudante de pastor a Perú con un compadre de su papá. Ahí aprendió a hablar español, ganó dinero y le dieron ropa. “No tenía nada acá po’, si… mi papá me mandaba a cuidar animales, ahí. Y ahí no más po’ si… ellos no… de vez en cuando, me compraban una ropita. No tenían plata”. Pone la voz más grave y agrega: “y por eso me fui lejos yo”. En Perú le ofrecieron prestar el servicio militar, pero no quiso. En Chile, llegó al servicio como infractor, debido a que ingresó un año después del llamado oficial. Como se puede evidenciar en imágenes proporcionadas por don Germán, en esa época se imponía la obligatoriedad del servicio militar. La ley de reclutamiento, vigente entre 1953 y 1978, establecía un periodo de servicio de un año (Valenzuela y Carrasco, 2022). Esto cambiaría con las modificaciones posteriores, una en dictadura -que ampliaba el periodo de servicio- y otra adicional el 2005 -que haría el proceso más abierto a través de inscripciones voluntarias y sorteos para llenar las vacantes que quedaran desiertas. En su servicio militar, durante 1966, don Germán sufrió la prohibición de su lengua. Cuenta que le pegaban si hablaba aymara o le decían que era boliviano o peruano. Estuvo 14 meses. Volvió a Ancara porque extrañaba a su familia: “uno no es una piedra. No veía a mi mamá hace un año”, dice. La obligación de prestar servicio al ejército chileno marcó un quiebre aún más grande que la llegada de Cristo dentro de la cosmovisión de don Germán. Si bien la llegada de Cristo supuso un proceso colectivo de progresiva adopción de los parámetros culturales provenientes de la colonia y, luego, de la República, la militarización de los hombres del altiplano impuso un desarraigo de todo lo que hubieran aprendido en sus comunidades a través de la discriminación, el

RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy