::84:: ANTOLOGÍA 2025 EL HOMBRE QUE COMPRABA RECUERDOS Martín Arriagada Gallardo Tercer lugar regional Vilcún 13 años Había una vez, un pueblo donde nadie recordaba nada más allá de una semana. Las casas eran tranquilas, los relojes sonaban cada hora como si fueran campanas de iglesia, y cada domingo por la noche, todos los recuerdos de la semana anterior simplemente desaparecían. Allí vivía Elías, un hombre que no olvidaba. Era delgado, con barba descuidada y unos ojos color ceniza que parecían haber visto demasiado. Trabajaba en una pequeña tienda sin letrero, en una esquina donde el viento siempre giraba hacia atrás. En ella, vendía objetos comunes: una pluma, una bufanda, un libro a medio quemar, pero cada uno guardaba un recuerdo que él había comprado a alguien más. Porque Elías no solo recordaba, también compraba recuerdos. Nadie sabía cómo lo hacía, pero si alguien se sentía extrañamente vacío al pasar por su tienda, era porque quizá ya le había vendido algo sin saberlo. No era un ladrón. Él solo ofrecía lo que la gente pedía sin saber que lo pedía: olvido. Un día, llegó a la tienda una joven llamada Clara. Tenía los ojos húmedos de haber llorado y una libreta bajo el brazo, llena de nombres tachados. —¿Vendes recuerdos? —preguntó. —No. Los compro —dijo Elías, sin mirarla directamente. —Quiero vender uno —dijo ella—. El de mi hermano, la noche en que se fue. Él alzó la vista. Nadie pedía eso. No así. —¿Estás segura? Clara asintió. —Quiero seguir adelante. Ya no quiero despertar con su voz en mi cabeza. Elías sacó una pequeña caja de madera. La abrió, y el aire de la tienda se volvió más denso, como si todo el pasado del mundo entrara a respirar por un momento. Tomó la mano de Clara con suavidad y susurró algo que ella ya no recordaría jamás. Una lágrima cayó en la caja. Y luego, ella sonrió, débil, pero libre. Días después, Clara ya no recordaba a su hermano, pero escribía historias sin saber por qué. Una de ellas hablaba de un hermano que se fue con el mar. Elías, en su tienda, abrió la caja por la noche. Escuchó la voz de un niño, una despedida, una canción sin terminar. Cerró los ojos y apretó el recuerdo contra su pecho. Porque él no olvidaba. Pero cada vez que compraba un recuerdo, se llenaba un poco más de las vidas de otros. Hasta que un día, quizás él mismo ya no supiera quién era. REGIÓN DE LA ARAUCANÍA
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