::67:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS Una vez listo el proceso se separaba con delicadeza la hoja de la mazorca. Las envolturas se secaban sutilmente al sol y cuando ya no estaban húmedas las introducían en colchones rústicos tejidos por las señoras. Una vez listos, se los daban a las familias más vulnerables como acto de solidaridad para que tuvieran dónde pasar la noche. El maíz, por su parte, se secaba en grandes mantas sobre la tierra y cuando ya estaba seco lo molían con rocas para darles de comer a los animales. El sábado 22 de noviembre estaban rellenando colchones que serían donados al hogar de ancianos. Los niños corrían entre los sacos de hojas y el ambiente estaba envuelto en un olor a horno de barro, donde doña Leticia horneaba su famoso pastel de choclo, mientras que en el patio se encontraban Manuel, Isabella, Lucía, Gilberto y algunos vecinos. Todo iba bien hasta que don Juan sintió una punzada en su corazón y cayó de rodillas al suelo. El ambiente cayó en un vacío enorme y sus hijos llamaron desesperados a Facundo, el médico del pueblo. Tras examinarlo, con una expresión oscura se dirigió a los presentes: —Don Juan no mejorará. Tiene una afección cardiaca avanzada. A pesar de las lágrimas y súplicas de sus hijos, quienes insistieron en llevarlo a la capital para que un experto lo tratara, Juan se opuso. Les agradeció desde lo más profundo de su corazón por preocuparse y luego dijo: —Deseo quedarme aquí, donde nací, sembré, donde crecieron ustedes y donde me espera la tierra. Siguió trabajando hasta que su cuerpo ya no dio respuesta alguna. Falleció un domingo por la mañana con las manos cubiertas de tierra y un rostro que reflejaba serenidad. Sus últimas palabras siguen resonando en el corazón de cada uno de los chepicanos, como si el viento aún las susurrara entre los maizales: —Cultiven amor, porque en cada grano hay una vida. REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O'HIGGINS
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy