::66:: ANTOLOGÍA 2025 EN CADA GRANO, UNA VIDA Ailine Orellana Mella Tercer lugar regional Chépica 14 años A mediados de 1931, María Inés dio a luz a su primera hija. La sostenía en su regazo, era una criatura frágil y enfermiza. Desde las primeras semanas de maternidad, Inés comprendió que era lo peor que le había pasado en toda su vida. Se sentía débil, sucia y encadenada a Juan, su pareja, quien todavía no le había pedido su mano por el miedo a lo que podía hacer. Bien sabía que ella jamás había estado enamorada de él, sino que más bien permanecía a su lado por su fortuna. En siete años tuvo el infortunio —como le llamaba ella— de traer al mundo a cuatro horribles criaturas más. Sus nombres eran Manuel, Isabella, Lucía y Gilberto. Inés creía que eran una pérdida de tiempo y dinero. Nunca se le vio cargarlos en sus brazos, ni brindarles consuelo luego de una pesadilla o una caída. Todo el pueblo creía que la maternidad la había consumido en un vacío del que nunca saldría. A Juan le partía el corazón el ver cómo sus hijos nunca tuvieron el afecto de su madre. En más de una ocasión, cuando le preguntaba a Gilberto qué quería como regalo de cumpleaños, le respondía susurrando en su oído: —Que dejes para siempre a la mamá. El tiempo no trajo alivio, sino decadencia. Inés ya había perdido por completo la cordura y en las noches caminaba descalza rumbo al corral de caballos. Decía que le gustaba imaginar que estaba en un viaje lejano, sin embargo, esta fantasía terminó abruptamente cuando uno de los animales le causó una fatal herida en el cuello. Inés estaba rodeada por un lagunar de su propia sangre, nadie sospechó de su horrible muerte porque algunos perros hambrientos que rondaban el sector se devoraron lo que quedaba de ella. Cinco años después, Juan adquirió tierras fértiles muy cerca de su hogar para sembrar y cosechar maíz. Sus vecinos, conmovidos por su historia y bondad, nunca lo dejaron solo. Le ayudaban a plantar durante la temporada, a cuidar los cultivos y preparar las cosechas para el año siguiente. En las mañanas se reunían todos: niños, hombres, mujeres, jóvenes y ancianos. Compartían sus anécdotas mientras se deleitaban con las delicias que preparaba la señora Leticia, una mujer oriunda de Las Hijuelas, que era conocida por su rico pastel de choclo. Cuando el maíz estaba listo para la cosecha se reunían para cortarlo, los ancianos les enseñaban con paciencia a los más jóvenes cómo cortar bien la mazorca: —Tómela del tallo —decían— y después lo dobla hacia abajo. Así, con la hoja para que salga completa. REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O'HIGGINS
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