ANTOLOGIA 2025

::46:: ANTOLOGÍA 2025 Habían pasado los años. Cuando pudo juntar algunas luquitas15, Arturo decidió rescatar a sus padres de la situación de pobreza, yendo solo en su primer auto, que había comprado usadito, lo más rápido que pudo al pequeño pueblo en donde pasó su infancia. Cuando llegó a su antigua casa, se enteró de que su padre había fallecido dos meses atrás y que su madre, vieja y triste por la pérdida de su marido, regaló la casa a un anciano, antes de que ella muriera de pura pena. El anciano le dijo que le entregaría la única herencia que sus padres le pudieron dejar: el caballo blanco, más blanco que la parte más alta de la cordillera, que él tanto quiso. Arturo, frustrado y desconsolado, montó a pelo al manso corcel y se dirigió a un bosque no tan cercano. La rabia de perder a sus padres, de darse cuenta de que los había abandonado, lo llenó de ira. Correteó y asustó al caballo, haciendo que se marchara hacia lo profundo del bosque. Después de llorar por horas debido a la frustración y la pena, se dio cuenta de lo estúpido que había sido al asustar al único recuerdo vivo que le quedaba de su infancia. Con tristeza y un poco de miedo, se adentró en el extenso y oscuro bosque, buscando a su caballo. Luego de un par de horas de intensa búsqueda sin resultados, se sentó en medio del frío de la oscura noche, sabiéndose perdido y desconsolado, sin esperanzas de que alguien lo encontrara. Sentado y llorando a moco tendido, con la luz de la luna que apenas se dejaba ver debido al follaje de los árboles y una leve brisa de otoño que le daba en el rostro, el llanto de Arturo era cada vez más fuerte, como si de lluvia se tratara. Fue en ese momento, cuando escuchó un ruido a sus espaldas. Era su caballo. Entre lágrimas, Arturo, se abrazó al cuello del animal y con esperanza, marcharon por el extenso bosque, en búsqueda de alguna salida. Durmieron en un ranchito que encontraron por suerte, en donde una familia de campesinos, marido y mujer, entendieron su situación. A la mañana siguiente, desayunó en la casa de aquellos viejitos y luego se aprontó para marchar, pero su caballo no quiso separarse de una yegua que estaba en el establo. Arturo tomó una decisión, construir una pequeña cabaña cercana al lugar para quedarse y ayudar a sus salvadores a quienes, como agradecimiento, entregó su trabajo y dedicación, pagando sus culpas tal vez. Los viejos lo tomaron como el hijo que nunca tuvieron. Definitivamente, después de tantos años, Arturo había regresado al campo. “La tierra tira” le había dicho el viejo campesino. Aquel caballo que con el tiempo fue padre de un potrillo, era el único recuerdo vivo que quedaba de su antigua vida. Arturo aprovechó sus años para hacer feliz a su hermoso corcel. A su caballo blanco, más blanco que la parte más alta de la cordillera. A su caballo del tiempo. 15 Luquitas: refiérase a dinero (nota de la edición). REGIÓN DE ATACAMA

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