ANTOLOGIA 2025

::35:: ME LO CONTARON MIS ABUELITOS No era un viento común. Era frío, casi helado, y traía un murmullo entre las hojas de choclo. Su farol parpadeó. El libro, ese viejo grimorio que guardaba, se movió solo. Como si algo lo hubiera empujado, se abrió de golpe y sus páginas comenzaron a pasar con fuerza, como si una mano invisible las buscara. Entonces se detuvo, la página abierta no tenía el mismo color de las demás. Era más oscura, parecía envejecida por un fuego antiguo, y escrita con una tinta roja como la sangre. En el borde decía: “El pacto del espí…” y no decía más, una de las partes estaba rota por las quemaduras que tenía. Era un hechizo que nunca había visto antes. Sintió que algo la llamaba. ¿Por qué el libro se habrá abierto en esa página en especial? Su gatito negro comenzó a maullar, alterado y justo cuando leyó las primeras líneas en voz baja, el espantapájaros se movió. No por el viento. Se giró lentamente hacia ella, como si estuviera vivo. Y detrás de él, entre los cultivos, una figura alta, delgada y cubierta de sombras empezó a emerger. No tenía rostro, pero su silueta quemaba el aire a su alrededor. Myramair asustada tomó a su gatito y su libro para empezar a correr entre los pastizales, sentía que corría en círculos, las nubes empezaron a volverse más oscuras aún y la lluvia empezó a caer más fuerte, de pronto chocó con alguien, miró hacia arriba y era el mismo hombre. Pero esta vez con su caballo, uno grande y negro. El hombre tenía tapada la cara con una pañoleta y sobre su cabeza había un sombrero negro con un listón rojo. El jinete no dijo ni una palabra. El caballo resopló con fuerza, como si también percibiera aquella presencia que los acechaba. Myramair retrocedió un paso, apretando fuerte a su gatito contra el pecho, con la respiración entrecortada. —¿Quién… quién eres? —se atrevió a preguntar. El hombre bajó lentamente de su caballo. Sus botas hundían la tierra mojada, pero no hacían ruido. Al quitarse la pañoleta, sus ojos brillaban como brasas, y su piel parecía hecha de ceniza agrietada. No era un hombre común. —Has abierto lo que debía permanecer sellado —dijo con una voz profunda, que parecía salir de la tierra misma—. “El pacto del Espí…” no debía ser leído. Myramair sintió un escalofrío. Ese era el título del conjuro incompleto. La parte final del nombre estaba quemada, ilegible. “Espí…” ¿Espí qué? ¿Espíritu? ¿Espina? ¿Espectro? Nadie lo sabía. Ni siquiera ella. —Pero yo no lo busqué —susurró—. El libro se abrió solo… las páginas pasaron solas. El jinete se acercó y, con un gesto lento, colocó en su mano un amuleto de piedra volcánica, con una espiral grabada en el centro. El aire a su alrededor parecía vibrar. —Este es un sello. Si no completas el pacto, la entidad que se nombra al final de ese conjuro vendrá por ti en la próxima luna llena. Si decides completarlo… tendrás que pagar un precio. —¿Y si no quiero hacer el pacto? —preguntó ella, con la voz entrecortada. —Entonces más vale que empieces a correr, brujita —susurró él y en un pestañeo, desapareció. REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

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