::28:: ANTOLOGÍA 2025 La cobardía se le metió por los poros. Alcanzó a meterse a la casa y cerró puertas y ventanas lo más rápido que pudo. “Este debe ser el Anchimalén del vecino que quedó solito”, pensó y se encerró en su pieza, sin atreverse a mirar por la ventana. Tenía miedo, estaba solo y su teléfono no tenía señal para pedir ayuda, la noche era súper oscura, y no se atrevía a prender la luz, sudaba frío y las manos le temblaban. Acorralado por el pánico, se metió a su cama con la ropa puesta, apenas se sacó los zapatos. Su bastón desapareció, quién sabe dónde fue a caer con tanto pánico. Pasó la noche sin dormir y escuchaba a los perros aullar de vez en cuando. Cada aullido le clavaba un escalofrío más hondo, y los pelos se le erizaban. Cuando al fin amaneció, sintió alivio al escuchar el canto del gallo. Se relajó y sin darse cuenta se quedó profundamente dormido. Toc toc toc. Golpearon la puerta con fuerza. Despertó de un salto y con el corazón agitado. Ya era de día, pero no se atrevía a salir de la pieza. Se puso los zapatos lo más rápido que pudo. No hizo falta vestirse porque había dormido con la ropa puesta. Toc toc toc. Volvieron a golpear. Era verdad lo que oía. Esta vez se atrevió a salir de su pieza, pero seguía tembloroso y no se atrevía a abrir la puerta principal ni a mirar por la ventana. A través de la cortina se colaba un destello de luz roja. En su mente, la pesadilla revivía: la luz, el campo, el vecino fallecido. “¿Y si esa cosa aún estaba allí, al otro lado de su puerta?”, pensó. Entonces, desde afuera, una voz humana lo rescató de su sufrimiento y del pánico. —Aló… ¿Hay alguien? —Le volvió el alma al cuerpo y se apuró en abrir la puerta aun temblando de miedo y nerviosismo. Eran los Carabineros del pueblo vecino de Los Robles. —Buenos días, caballero —le dijeron—. Estamos investigando un robo que ocurrió anoche en la casa de su vecino de al fondo. ¿Vio o escuchó algo inusual? ¿Algún ruido, luces o vehículos? —No… no… nada —respondió entrecortado, aunque en su mente una tormenta de imágenes lo sacudía: la luz que saltaba en el campo, el miedo… ¿Había sido el Anchimalén o algo más? —¿Está diciendo la verdad? —insistió el Carabinero—. Mentir en una investigación es un delito. —Sí, sí… vi una luz, pero no supe que era. Me acosté y no escuché nada más —dijo. Le hicieron más preguntas, incluso sobre qué hacía un bastón tirado en medio del potrero, y le pidieron que los llevara al sitio en el que vio la luz. Y así pasó la mañana ayudando a Carabineros, en ayunas, sintiendo que era el ser más tonto del lugar y hasta Ngaw Poñü8, por haber confundido aquella luz con “la otra luz” de la leyenda, de la que nadie quiere hablar en voz alta. Al fin y al cabo, se había cometido un delito, y el Anchimalén esta vez no tuvo nada que ver. Las luces del sector siguen haciendo su labor. Nadie quiere mencionar para quién trabajan ahora. Así que, si ve una lucecita saltando por ahí, no pregunte nada. ¡Póngase las zapatillas y corra nomás!, que no todos tienen la suerte de don Agustín: al menos alcanzó a llegar a su casa con los zapatos puestos. 8 Ngaw Poñü: canasta de papas. Nombre mapuche de las Pléyades. Su brillo guía las labores agrícolas, cuando aparecen en el cielo, es tiempo de sembrar papas y cuando desaparecen, es momento de cosecharlas (nota del autor). PREMIOS NACIONALES
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