::214:: ANTOLOGÍA 2025 REGIÓN DE MAGALLANES Y LA ANTÁRTICA CHILENA La niña me hizo un gesto para que me acercara al lugar. La curiosidad me invadió e ingresé al Club. Rogué a la recepcionista que me prestara el baño y me escabullí entre los pasillos buscando a la niña. De pronto la vi frente a mí. Su sola presencia me dio escalofríos: parecía que flotaba en el aire. Me hizo un gesto para que no dijera nada, avanzó hasta que atravesó una habitación y me quedé en la puerta mirando el picaporte. Yo solo iba a ir al centro a hacer unos trámites y ahora estaba persiguiendo un fantasma en el Palacio Sara Braun. Pensé por un minuto en volver, pero ¿para qué es la vida, sino para vivirla? Abrí la puerta y me parecía haber viajado a otra época. A lo lejos se escuchaba que alguien estaba tocando una melodiosa canción. Caminé por el salón y la muchacha estaba tocando el piano. Cuando me vio esbozó una sonrisa, se levantó rápidamente y sentí cómo se metió dentro de mí. La sensación fue tan extraña que me tuve que afirmar de un mueble que estaba cerca. De un momento a otro tenía en mi cabeza un bombardeo de información: bailes en grandes salones, rostros de personas que no conocía. Eran recuerdos de tiempos pasados, de una vida que no era la mía. Era la vida de aquella muchacha. Era Fanny, sobrina de Sara Braun, quien fue unas de las mujeres más ricas de la región. Ella y su marido tenían negocios ganaderos y fueron participes directos del genocidio del pueblo Selknam, amasaron dinero a manos llenas y se lavaron la conciencia financiando entidades como la Cruz Roja de forma filantrópica. Como Sara Braun no tuvo hijos, fue Fanny quien cuidó de su tía y heredó parte de sus bienes cuando falleció. Se oyeron unos pasos acercándose y un abrir y cerrar de puertas. No alcancé a caminar más que un par de pasos cuando la recepcionista me sorprendió y me pidió que saliera del palacio. Me disculpé y salí nuevamente a la calle. Las campanadas de la catedral me recordaron que eran las once de la mañana. Ignoré lo sucedido en el chalet y quise continuar con mis trámites, pero sentí una energía que me impedía moverme. En mi mente apareció una voz: era Fanny, me pedía recorrer la ciudad por última vez antes de dejar mi cuerpo. No tuve más alternativa que hacer lo que me pedía para librarme de este espíritu. Recorrí la plaza, vimos frente a ella la fachada de la catedral de la ciudad, el edificio de la municipalidad, la esquina de los bancos y continué caminando en dirección a la costanera por calle Roca. Pasamos fuera del Kiosco Roca, calificado como la mejor picada de Chile gracias a su choripán y leche con plátano. La brisa de la costanera es única, con el día despejado es posible observar la isla de Tierra del Fuego al frente. En diagonal a la calle se puede ver el casino de juegos y más allá el puerto. Crucé la calle para caminar por el borde costero, nos topamos con unas turísticas letras de Punta Arenas y con el monumento a la goleta Ancud, el primer barco que trajo personas para asentarse a vivir en la región. Fanny estaba impresionada por todos los cambios. En su época esto solo era playa. Crucé la calle para continuar el recorrido hasta el cementerio municipal, pasé por una divertida plaza infantil con juegos de dinosaurios y continué el recorrido por el barrio croata hasta llegar a calle Magallanes. Los colegios Salesianos y Santuario María Auxiliadora continúan tal cual como los recordaba Fanny, al menos eso entiendo. Caminé por calle Bulnes hasta llegar al cementerio, que algunos visitantes han señalado como uno de los más bellos del mundo. Una vez dentro me dirigí al mausoleo de la familia de Fanny y le alegró que, a pesar del tiempo, su tumba estuviera en buenas condiciones.
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