ANTOLOGIA 2025

::213:: HISTORIAS CAMPESINAS REGIÓN DE MAGALLANES Y LA ANTÁRTICA CHILENA CITY TOUR Maritza Loaiza Medina Tercer lugar regional Punta Arenas 32 años Cuando me asomé a la ventana apenas, el sol se estaba asomando por el mar y el cielo se comenzó a pintar de naranjo y amarillo. Eran las siete treinta de la mañana. No tuve tiempo de desayunar. A veces pierdo la noción del tiempo cuando veo el amanecer. Me duché rápidamente y me sequé junto al calentador. Era la primera semana de abril y el frío del invierno comenzaba a asomar. Me vestí, una lavadita de dientes, me recogí el cabello, parka, gorro y bufanda, y las moneditas para el bus. Abrí la puerta y el viento me saludó. Es verdad, se sentía el aroma del hielo en el aire. ¿Y si mejor no voy y me regreso a la cama? ¿En qué momento crecí y me convertí en adulta? Un gatito se asomó a saludar y ronroneó paseando entre mis piernas. Le hice cariño y me despedí, porque sabía que cuando volviera por la tarde estaría esperándome. A las ocho treinta en punto pasaba el bus rural. Para subirme en él debía caminar unos cien metros de mi casa y bajar a la ciudad. En verano transitaba cada una hora, pero en invierno lo hace con menos frecuencia, si acaso pasa, porque si se pone a nevar o si el camino está escarchado definitivamente no sube. Esto de vivir a la punta del cerro tiene sus pros y sus contras, no hay vecinos cerca, no hay ruidos típicos de ciudad, bocinazos, roncadores, gente gritando ni olor a fritanga. Aquí solo hay aire limpio, silencio y la mejor vista a la ciudad y del Estrecho de Magallanes. El viento pega más fuerte y por la distancia nadie quiere venir a visitarme, aunque no sabría decir si eso es positivo o negativo. En fin, corrí para alcanzar el bus y saludé a los vecinos del sector que iban en él, la mayoría adultos mayores que deben asistir a sus controles de salud. Me puse los audífonos y continué contemplando el paisaje. Me bajé en el terminal Mina Loreto en el centro de la ciudad y caminé hasta calle Colón. Allí bajé hasta la popular calle Bories, el corazón comercial, y me detengo en la Chocolata. No se puede hacer trámites con el estómago vacío. Después del desayuno continué la travesía hasta la plaza, uno de los lugares emblemáticos de la ciudad por su variedad de árboles centenarios y una gran escultura en el centro con Hernando de Magallanes en lo alto apuntando el estrecho. A sus costados, dos aborígenes autóctonos. En ese tiempo les llamaban patagones. Uno en especial tiene una tradición de besar o frotar su pie quien desee regresar a estas tierras. La plaza está rodeada de chalets históricos que dan un aire a una ciudad europea en pleno fin del mundo. A veces me imagino cómo habría sido vivir en una casona como esas en aquella época. Mientras observaba las ventanas del actual Círculo de la Unión, una muchacha rubia vestida de blanco y vuelos me saludó desde la ventana del segundo piso.

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