::207:: HISTORIAS CAMPESINAS SECRETOS DE COCINA Rosa Gómez Miranda Tercer lugar regional Cochrane 79 años Mi pueblo se fundó en 1955. Cuando me vine a trabajar tenía alrededor de unas veinte casas. Los demás pobladores vivían en los campos. Para llegar a la localidad había que hacerlo vía aérea, desde Coyhaique, pues no había carreteras y el medio de locomoción más usado era el caballo. Mi comadre Nancy, oriunda de Valdivia, había realizado unos cursos de peluquería en su ciudad natal y ahora, debido al trabajo de su marido (funcionario de aeronáutica), se había establecido en mi pueblo. Bastante le costó aclimatarse a este sistema tan básico de vida, con dificultad al comienzo, aprendió a desenvolverse en este medio, entre otras cosas a cabalgar y ensillar su caballo. A los varones le costó entender que una mujer tuviera ese oficio, pero luego de ver los resultados comenzaron a acudir a su peluquería, que no era otra que una pequeña habitación de su hogar habilitada como tal y que tenía una silla y un espejo grande. Luego comenzó a hacer permanentes a las mujeres, su fama no tardó en extenderse entre ellas y en varias ocasiones la solicitaron para ir a los campos cercanos. Yo era su acompañante los días sábados y domingos en que no trabajaba. Ahora nos dirigiríamos a un sector desconocido para nosotras, pero por las indicaciones que nos habían dado contábamos con que no tendríamos mayores contratiempos. Además, no era demasiado lejos, lo que permitiría volver temprano. Ella debía ir a hacer dos permanentes, a la dueña de casa, señora Irma, y a su hija Mercedes. Nos levantamos temprano para aprovechar el día, arreglamos nuestro cocaví, bien abundante, pues no conociendo la ruta no sabíamos cuánto podríamos demorar si teníamos dificultades. Anduvimos como dos horas por un camino bastante marcado cuando de pronto se terminó y aparecieron dos o tres sendas pequeñas en distintas direcciones. ¿Cuál tomar? Parece que era… No, yo entendí que… Dijo que siempre se veía el río Baker del camino… Esa última fue la pista clave, por lo que decidimos tomarla. Efectivamente se veía el río desde el camino, que con sus aguas verdes intensas y su inmenso caudal nos hacía sentir su majestuosidad. Avanzamos un buen trecho e íbamos muy optimistas, hasta que nos encontramos con un sector en que el sendero se acababa y muchos matorrales impedían el paso. Buscamos alternativa, hacia la derecha, hacia la izquierda, tal vez ese árbol que cayó tapó el camino… Nada. Simplemente el sendero se acababa. Tuvimos que regresar al punto de partida. Entonces decidimos comer algo antes de seguir. Abrimos nuestras alforjas y los alimentos no estaban. “¿No los echaste?” “Yo creí que tú los habías guardado”. Nos pusimos a reír. Afortunadamente ése siempre era nuestro escape. “No llorar sobre la leche derramada”, como decía mi abuelita. REGIÓN DE AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO
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