::206:: ANTOLOGÍA 2025 Pasé por el lado del animal, apenas mirándolo, pero me pareció notar que los nudos del lazo no habían cedido. Luego, en el galpón, afilé la hoja de acero negro del cuchillo. Como estirando el momento, pasé su filo por la piedra más de lo necesario, apreciando los detalles de su cacha de hueso y madera. Supe entonces que, después de la faena, sería mío; y así terminé de reunir fuerzas. Decidido fui hasta el animal, me arrodillé frente a él y, cargando el peso de mi cuerpo sobre su cabeza, le puse el cuchillo en el pescuezo, tal como lo ha hecho tantas veces mi padre. No sé cuánto tiempo pasó. La débil resistencia del animal cesó, y sus balidos casi no se escucharon. Creo que se resignó, o simplemente se entregó, como ayudándome a terminar pronto. La punta del cuchillo seguía ahí; era cosa de cargar el cuerpo y clavarla. Comenzaba a hacerlo cuando, sin proponérmelo, vi los ojos del borrego. Sólo pude apartar la mirada. Volví a casa con el cuchillo afilado y limpio. En la cocina bebían mate don Atilio y mi madre. Ella lloraba. —No pude hacerlo. Lo siento mucho, de verdad —le dije a mi madre. —¿Lo miraste a los ojos? —me preguntó, como dándome una respuesta. Luego me quitó el cuchillo de las manos y se lo dio a don Atilio. Finalmente me abrazó, con fuerzas, como no lo hacía hace tiempo. —Vamos a tener que ser fuertes —dijo entre sollozos. Yo no supe responder. Esa noche, don Atilio se arranchó con nosotros. Las condiciones del camino —según dijo— no eran como para partir. —Apenas te puedes ver la punta de la nariz con esta nevazón —decía, y se reía solo, como queriendo darnos ánimo. Comimos en silencio, aunque por momentos mi madre suspiraba el nombre de mi padre. La carne estaba sabrosa; la comimos junto a las últimas papas que nos quedaban, pero no fui capaz de disfrutarla. Ya tarde, antes de apagar la última vela, don Atilio me devolvió el cuchillo. Me quedé un instante esperando que me dijera algo, pero no lo hizo; solo se recostó en el banquillo, junto a la cocina a leña, y al rato se durmió. Yo dormí junto a mi madre, en su cama; el cuchillo lo guardé bajo la almohada. Antes del amanecer salimos los tres en el camión. Yo me quedé en la escuela; mi madre siguió hasta Coyhaique. Allá, en la feria de las Quintas, ofrecería algo de carne fresca, además de una boina y unas cuantas camisas que fueron de mi padre. REGIÓN DE AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO
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