ANTOLOGIA 2025

::205:: HISTORIAS CAMPESINAS HOJA DE ACERO NEGRO Pedro Rodríguez Araya Segundo lugar regional Coyhaique 45 años Salí con el Pillo, mi perro. Me traje una punta de ovejas y las eché al corral; luego elegí a la más pequeña para que no me pesara tanto al llevarla hasta el fogón. La volteé como pude y la manié con todas mis fuerzas, usando el lazo que mi padre tiene para estas faenas. A mis nueve años era la primera vez que hacía un trabajo de gente grande, pensé, sintiendo cómo se me inflaba el pecho. Luego, atravesando el campo con la nieve que ya juntaba casi medio metro, volví hasta la casa y tomé el cuchillo: un verijero que mi padre ya no solía portar. —Deja eso —me dijo mi madre. Yo la escuché con el verijero en la mano, mirándola de reojo y haciéndome el distraído. Noté que estaba nerviosa y triste; llevaba varios días junto a la ventana, sin dejar de mirar hacia la tranquera. Ya no jugábamos a los naipes por las tardes, ya no compartíamos un mate siquiera, comiendo tortas fritas o escuchando antiguos corridos. Por ese entonces, con la batería descargada, no fue posible encender la radio: no hubo música ni tampoco alguna información que nos diera pistas sobre el estado del camino. Las noches se tornaron oscuras; sólo unos minutos de vela y luego a dormir. —Eso no es cosa de chiquichichos como tú —insistió mi madre—. Mejor prepara tu ropa y tus libros; cuando pase don Atilio en su camión le voy a pedir que nos lleve a Coyhaique y de paso te dejo en la escuela. Siempre que alguien se tarda un par de días en volver, los vecinos salen a recorrer el campo. Quien sale, avisa y deja el encargo, pero esta vez ni don Atilio ni ningún otro vecino se divisaba en el camino. Las legumbres y las papas comenzaban a escasear, por eso no solté el cuchillo. Además, con tanta nieve sería imposible ir después por algún animal. Tampoco teníamos noticias de mi padre. —Quizás tarde un par de días más —dije. Mi madre, en silencio, siguió mirando hacia la tranquera, pero esta vez con la vista algo perdida. Así por largo rato. De pronto me miró diciéndome: —No olvides llevar los paños y la fuente enlozada. Tomé lo necesario y salí rumbo al corral. El Pillo me vio de lejos y me salió al camino. Juntos enfilamos rumbo a la faena. Antes de entrar, me arrimé a un ñire para hacerle el quite a la nieve, que comenzaba a caer con ganas. Apoyado en la corteza del árbol, áspera como las manos de mi padre, me quedé recordando los pasos que él sigue al carnear. Sentí un frío que no venía de la nieve, respiré profundo y finalmente entré al corral. El Pillo se quedó afuera, con la cola y las orejas bien paradas, esperando la llegada de mi padre, supuse. REGIÓN DE AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO

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