ANTOLOGIA 2025

::184:: ANTOLOGÍA 2025 HUESOS ROTOS Cesar Montenegro Trangolao Tercer lugar regional Concepción 49 años El pequeño Roli, con sus ojos bien abiertos, observaba a la distancia y con curiosidad al viejo que masajeaba con frenesí el pie de un campesino afligido. Escondido tras una silla de madera y mimbre, agachadito escuchaba el relato de aquel hombre. "Justo cuando me iba subiendo a la yegua, esta diabla se asusta y se me adelanta dejándome el tobillo enganchado. Sentí que se me salió el hueso”, le decía. El viejo lo observaba y le susurraba un diagnóstico, le hablaba y le hablaba sin pausas, luego le colocó una pequeña toalla lila en el tobillo y de un tirón le retorció el pie. El grito sobresaltó al pequeño: el alarido era digno de la mejor canción ranchera, pero no era gozo, sino dolor. El niño levantó de nuevo la mirada y vio una lágrima recorriendo el rostro del campesino y perdiéndose en una mueca de agradecimiento. “Pucha que me dolió gancho, y sin avisar, ¿ah? Pero me quedó sanita, mire como muevo el pie”, le decía al viejo. Unas cuantas monedas, un apretón de manos y el campesino se retiró feliz de la casa. La escena se repetía casi todos los días. El niño instalado detrás de la silla, ya con una banquita sin pudor ni miedo a ser descubierto, y el viejo atendiendo gente accidentada, futbolistas amateurs, bailarines de cueca, huasos rosqueros, niños traviesos y ancianos quejumbrosos. No había distinciones, todas personas humildes y sencillas. El Roli ya se sabía de memoria el ritual: llegaba el paciente, le contaba al viejo su desgracia, el viejo le daba sus diagnósticos, su anestesia era la palabra, conversaba y conversaba con el paciente de turno hasta marearlos, de la lesión o de cualquier cosa, hasta que venía la postura de la toallita lila en la zona afectada y luego el tirón de la extremidad con su alarido correspondiente, siempre juntos, maniobra y alarido como relámpago y trueno. Era lo que más gozaba el pequeño, ese grito de sanación como una liberación de culpa. Después venía el pago correspondiente, el apretón de manos o abrazos efusivos en algunos casos, y luego la despedida. Para terminar el ritual, el viejo encendía su cigarro emanando el humo de la satisfacción. Pasó el tiempo y el pequeño ya no era tal, no se podía esconder tras una silla en su banquita, ahora se sentaba al otro extremo de la habitación simulando que estudiaba mientras el viejo hacía su magia. Cuántas historias, tantos pacientes, pensaba Roli, pero estos ya no eran el foco de su atención ni el clímax gutural ya era de su interés. Ahora miraba al viejo, al que admiraba y cuyo “don” lo llenaba de preguntas. ¿Cómo aprendió a sanar? ¿Cómo se dio cuenta de esa capacidad? ¿Cuál es el secreto de la toallita lila? Roli sabía que el viejo no tenía estudios ni nada parecido, era un misterio la precisión de sus masajes, qué tendón estirar y en qué momento debía venir el grito sagrado. REGIÓN DEL BIOBÍO

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