ANTOLOGIA 2025

::185:: HISTORIAS CAMPESINAS Los pacientes nunca faltaron, su fama era respetable. Llegaban de todos los sectores rurales de Arauco a atenderse con don Juan Trangolao, el “componedor de huesos”. De Raqui, Caripilum, Pemerehue, Los Ñancos, Lacal, Las Puentes, hasta de Quiapo venía gente a varias horas de distancia. Un día, después de atender exitosamente a un paciente, el Roli se animó y se acercó al viejo. “Abuelo, quiero saber algo”, le dijo. El viejo Juan lo miró: “dime, Roli, ¿qué quieres saber?” El niño no sabía cómo empezar, le embargaba una inexplicable angustia el preguntarle por su “don”, así que comenzó por lo más fácil para él. “¿Por qué pones siempre esa toallita lila a los pacientes?” “Porque es mágica, está bendita”, respondió el viejo Juan. “Ni la lava”, le replicó Roli. La sonrisa del viejo achinó sus párpados y mostró sus arrugas curtidas por una vida difícil. Sus pupilas reflejaban la felicidad de conversar con su querido nieto. “Esta toallita, Roli, se le cayó al Papa Juan Pablo II cuando vino a Chile y con tu abuela lo fuimos a ver al Club Hípico de Concepción en 1987, así que está bendita”. Los ojos de Roli se agrandaron y se le frunció el ceño. No sabía si creerle al viejo. Ya conocía lo palabriento que era con los pacientes y nunca fue tan católico que digamos, muy a lo lejos le escuchaba pronunciar solo el comienzo de una oración "con Dios me acuesto, con Dios me levanto", no se sabía nada más. Pero el viejo lo dijo con tanta convicción que le creyó. Venía lo más difícil: Roli tomó la toallita Lila para darse valor y lanzar la pregunta. “Y ese “don” de arreglar huesos, ¿cómo lo descubriste?” El viejo suspiró profundamente y le mostró su antebrazo con una forma extraña como una L. “¿Sabes cómo me quedo así el hueso?” le preguntó a Roli. “Sí”, respondió, “me contaste que en tu juventud eras arquero y que en un partido en el campo un delantero te pegó una patada y te quebró el hueso. Y que te apodaban “Pato” por lo bueno para volar, pero después supe que era por lo chico de porte”. La risa del viejo Juan se escuchó como aquellos gritos de sanación. “Es verdad, Roli, yo te conté eso, pero no me quebré de esa forma”. Luego tomo una postura rígida y seria. “Te contaré la historia de mi “don” de componedor de huesos: "Yo nací en el campo, ahí vivía con mis padres y mi hermanita más pequeña, como cuidadores de tierra ajena. Mi padre era alcohólico y violento, nos pegaba casi todos los días incluso a mi madre, yo tenía siete añitos y ya trabajaba casi en todas las cosas del campo, sufrimos mucho con mi madre y hermanita. Un día mi papá, ya borracho de madrugada, discutió con mi madre y le comenzó a golpear. Estaba mucho más violento de lo normal, yo me metí a defenderla. Sentí un golpe fulminante en el brazo de una patada de mi padre, y al verme retorcerme de dolor se calmó un poco y me mandó a buscar agua al río Lacal, ese que cruza todo el campo hasta llegar al mar. Salí de la casa y esperé un poco por si le seguía pegando a mi madre, pero no escuché nada. Seguí el camino hacia el río con dos baldes grandes, uno en cada brazo, a pesar del dolor el miedo me hacía seguir adelante. De vuelta del río se me cayó un balde, el peso terminó de quebrarme el brazo y lloraba de dolor. También tenía mucho miedo, no quería llegar a casa sin agua, sabía que vendrían más y más golpes a mi madre y a mí. Ahí estaba sentado con un terror que nunca pude olvidar, me puse a rezar, no conocía ningún rezo pero le pedí a Dios desesperado que me ayudara a llegar con el agua. Era tanto mi dolor y martirio que me desmayé. Cuando desperté había pasado poco tiempo, seguía a la orilla del río, me miré el brazo y aún dolía, pero había algo distinto: podía ver a través de la carne, me podía ver los huesos. Poco a poco fui acomodando mis huesitos como si supiera qué hacer. El miedo, la angustia, la fe habían hecho el milagro. Desde ese día puedo ver claramente los huesos y por eso puedo componerlos". REGIÓN DEL BIOBÍO

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