::183:: HISTORIAS CAMPESINAS Esa tarde, después de dejar lista la vianda del día siguiente y antes de que las niñas llegaran del colegio, se dirigió al terminal de buses. Caminó con la cabeza baja. No quería que nadie la reconociera. Esperó afuera hasta que el lugar quedó vacío. Pidió un boleto a Coronel para el 3 de septiembre de 1956. Cinco pesos. No se lo contó a nadie. Al día siguiente, a las siete en punto como cada mañana, su marido salió con su pica y su marmita rumbo a la mina. Media hora más tarde, las niñas se fueron al colegio. Carmen se cambió con rapidez. Se puso su traje de salida, el que le había regalado su tía, y que aún no había tenido que vender. Se hizo un moño sencillo, dejó a los perros sueltos para cuidar la casa, y cerró el portón con candado. El bus ya estaba con el motor encendido. Subió sin mirar a nadie. El interior olía a petróleo y a gallina. Se sentó junto a la ventana y no desvió la vista del camino. A través del vidrio, los árboles pasaban como sombras largas y repetidas. Solo esperó ver el mar. Sentía que ese viaje no era solo por fe, sino también por huir, al menos por un día, de las miradas de lástima. El mar le daba perspectiva. Le recordaba que podía empezar de nuevo. Cuando llegó al lugar más cercano al santuario, caminó sola los últimos veinte minutos. Cada paso era parte de la ofrenda. Llevaba el rosario negro de su madre, con la figura de la virgen al final. “La virgen me va a ayudar”, se repetía. Desde lejos la vio. Era como la describieron: una figura ovalada, la forma de una mujer con velo. Sintió alivio. Si la veía, significaba que el milagro era posible. El sitio estaba lleno de ofrendas: cartas, rosarios, flores secas, velas gastadas y calcetas de bebé. Se inclinó, posó las manos en su vientre, cerró los ojos y recitó una oración. Involuntariamente, apareció la imagen de su hijo, tan vívida que le dolió. Lloró en silencio, con la certeza de que la santa la escuchaba. Dejó su rosario en una rama y emprendió el regreso. Cinco meses después, tras un control con el médico del pueblo, Carmen recibió la noticia. Estaba embarazada. Rezó todas las noches. No le dijo a nadie hasta que se sintió segura. El día del parto, al ver a su hijo, moreno, fuerte y rechoncho, en sus brazos, no cabía en sí de emoción. Lo envolvió con cuidado, le besó la frente y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió sin miedo. —Gracias, virgencita —susurró. Y supo, con todo el corazón, que el milagro era real. REGIÓN DEL BIOBÍO
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