::182:: ANTOLOGÍA 2025 LA SANTA DEL BOLDO Francesca Salas Segundo lugar regional Talcahuano 34 años La noticia le llegó como aire fresco en verano. Despertó en ella un hilo de esperanza. La santa que concede milagros. Lo escuchó de una vecina mientras compraba pan para el desayuno, como cada tarde. Habitualmente no le gustaba interactuar con la gente de la fila. Prefería esperar en silencio, sin mirar a nadie. Pero esta vez, después de mucho tiempo, lo que decían realmente le interesaba. —Es la santa del boldo, concede milagros —dijo la más joven. Carmen se llenó de valor y, en voz baja, preguntó a la mujer más cercana: —¿Dónde queda esa santa? Las vecinas se giraron sorprendidas al escuchar su voz, ya que pocas veces hablaba. —Vecina Carmen, no la habíamos visto. ¿Cómo está? —preguntó una, con gesto de preocupación y ojos de lástima que Carmen siempre trataba de evitar. —Bien… —respondió, bajando la mirada—. ¿Usted sabe dónde queda? —Sí. Lo leí en el diario esta mañana. Es la santa del boldo. Dicen que hace unos veinte años unos mineros abrían un camino para el transporte de carbón y encontraron un boldo enorme frente al retén de Carabineros. Desde lejos, uno de ellos juró ver en la forma del árbol la imagen de la virgen: con su velo y las manos juntas. Algunos la vieron, otros no. Pero por superstición decidieron no cortarlo. Las familias empezaron a pedirle milagros. Un día, un afuerino intentó cortarlo con una sierra, y dicen que el árbol sangró. Desde entonces lo veneran. Está en Maule, cerca del pique Arenas Blancas, en la ciudad de Coronel. Carmen era creyente, pero no asistía a misa. No le gustaban las miradas. Curanilahue era un pueblo pequeño y las esposas de los mineros tenían tiempo de sobra para las conjeturas. Carmen había llegado hacía cinco años, con sus dos hijas y su nuevo esposo, trasladado desde Lota. Compraron un terreno cerca del estero Plegarias. Cuando perdió a su primer hijo, la noticia se corrió rápido, a pesar de haber hecho un velorio íntimo. Carmen había crecido con la idea de que las mujeres tenían una misión que no se debía cuestionar. Sentía en las miradas de los demás la pena y la duda de por qué habían perdido a su hijo, ya de un año. Tal vez nadie lo decía con palabras, pero lo percibía en los gestos, en los silencios de las otras, en la forma en que algunas miradas se detenían un segundo más de lo necesario. Con sus dos hijas ya criadas, sentía que ahora debía cumplir también con su nueva familia, como si algo quedara incompleto. A veces no sabía si esa presión venía de los demás o de sí misma, pero pesaba igual. REGIÓN DEL BIOBÍO
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