ANTOLOGIA 2025

::181:: HISTORIAS CAMPESINAS piel, su historia. En un momento de desesperación, pensó en lanzarse al agua, en desaparecer. Pero la vida del campo tiene sus propios ángeles. Y esa tarde, el suyo fue la señora Humilde del Tránsito. Peluquera, componedora de huesos, santiguadora, yerbatera. Un verdadero patrimonio vivo de la comunidad. Vivía en una casa de adobe con corredor de baldosas y un sauce frondoso que se inclinaba sobre un arroyo. Lucila llegó con la mirada rota. La señora Humilde la hizo pasar sin hacer preguntas, le ofreció un vaso de agüita de manzanilla y la dejó llorar en silencio. Después la llevó a sentarse bajo el sauce. —¿Qué te pasa, niña mía? —le preguntó con voz pausada, acostumbrada a calmar dolores del alma más que del cuerpo. Lucila le contó todo. Le pidió que le cortara los rulos, que le enseñara alguna yerba para aclararse la piel. La señora Humilde la miró con ternura antigua, como quien ha visto muchas Lucilas pasar por su patio. —Lucila, esos rulos que tú quieres cortar, hay mujeres que pagan para tenerlos. Y esa piel tuya, dorada por el sol, te protege. ¿Sabías que la gente muy blanca se quema con el sol, sufre de manchas y otras cosas? Tú eres hermosa, solo que no te han enseñado a verte. Fue entonces cuando tomó un viejo espejo colgado en el alero —el que usaba su esposo, don Floridor, para afeitarse—, lo limpió con un trapo de cocina y se lo puso frente al rostro: —Mira bien. Esa niña que ves ahí es única. Es fuerte, inteligente, y será una gran mujer. La gente que hoy se burla de ti, mañana no les alcanzará ni para saludarte. Lucila no necesitó más. Algo en ella cambió. Se fue corriendo de la casa, saludando a todo el mundo, como si hubiera ganado un premio. Pasó por un charco de agua que había a orilla de camino, se miró en el agua, y esta vez sonrió. Por primera vez, se gustó. A la mañana siguiente, volvió a la escuela con la cabeza en alto. Y cuando se topó con Marcelo, le dijo sin titubeos: —Tu concurso estaba mal, porque yo soy la más linda de la escuela. Décadas más tarde, Lucila se convirtió en psicóloga. Tuvo ofertas para trabajar en clínicas privadas en Concepción, en colegios de renombre. Pero prefirió volver a su escuelita de campo, donde cada año hay una nueva niña —o niño— que necesita escuchar que es alguien valioso, que no debe cambiar nada, que está bien tal como es. Y siempre que puede, cuando habla frente a las familias en las reuniones de apoderados o en las ceremonias escolares, Lucila recuerda con lágrimas contenidas a la señora Humilde. Aquella mujer sabia, sin estudios formales, pero con toda la pedagogía del amor y de la tierra que, con una taza de manzanilla, un espejo colgado en un alero y unas palabras precisas, le salvó la vida. REGIÓN DEL BIOBÍO

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