ANTOLOGIA 2025

::180:: ANTOLOGÍA 2025 LA NIÑA MÁS FEA DE LA ESCUELA Dannit Cifuentes Castro Primer lugar regional Coronel 49 años Palmira Lucila era su nombre completo, pero bastaba con mirarle el gesto para saber que no se sentía cómoda con la primera parte. “Palmira” era un tributo familiar, heredado de una bisabuela paterna que nadie recordaba con especial cariño, salvo por la insistencia de mantener viva la tradición. Así que todos la llamaban simplemente Lucila, una niña de apenas ocho años que vivía en El Asentamiento Escuadrón, un caserío campesino al interior de Coronel, en la comuna de Coronel. Era la menor de doce hermanos. Nació con la piel morena y el cabello crespo, oscuro como la tierra húmeda después de la lluvia. Más de una vez se preguntó si la cigüeña no se habría equivocado de dirección y la había dejado en la familia equivocada. Se imaginaba, como en un juego secreto, que en algún rincón del Caribe había una niña blanca, de pelo liso, sufriendo el calor de esos trópicos mientras anhelaba el frescor del bosque nativo y la sombra de los sauces sureños. A pesar de su corta edad, Lucila era destacada en todo lo que emprendía. Era la mejor en lectura, en cálculo mental, campeona de ajedrez, de ping pong, de lo que se propusiera. En cualquier ciudad su nombre habría adornado murales escolares y cartas de felicitación. Pero no en su amada escuelita Escuadrón, una humilde escuela rural de piso de madera y ventanas que crujían con el viento del sector. Allí sus logros pasaban desapercibidos frente a una diferencia que pesaba más que cualquier medalla: su apariencia. Sus compañeros, sin malicia pensada pero con la crueldad espontánea de la infancia, la apodaban con nombres sacados de la televisión: Cirilo, Xica da Silva, Michael Jackson. Nombres que nunca le pertenecieron. Cada palabra se le clavaba en la espalda como espinas de espino seco. Pero hubo un día distinto. Uno en que la burla fue más directa, más violenta, más fría. Marcelo Oñate, un niño con voz de jefe de curso aunque no lo fuera, se le acercó durante el recreo y le dijo con tono serio: —Hicimos un concurso para ver quién era la niña más fea de la escuela. Ganaste tú. No se rio. Nadie lo contradijo. Y para Lucila esas palabras fueron como una sentencia. El resto del día lo vivió como un fantasma, sin escuchar a los profesores ni ver las pizarras. Solo quería que sonara la campana. Cuando lo hizo, en vez de volver a su casa, caminó en silencio hacia la Laguna Quiñenco, un cuerpo de agua cercano al asentamiento donde ella vivía. El aire olía a pasto recién cortado y a tierra tibia. Se sentó en una piedra, se miró reflejada en el agua y odió lo que vio: sus rulos, su REGIÓN DEL BIOBÍO

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