ANTOLOGIA 2025

::179:: HISTORIAS CAMPESINAS —Cuando me muera, quiero que me entierren aquí. Con la abuela —dijo, dejando unas nuevas flores que apretaba junto a su pecho. Tras acomodarlas, agregó—, en este pueblo, y en este cementerio. Es difícil encontrar otro igual. Huele a sal y a flores. Te sientas en silencio, y es como si el mar se quedase conversando contigo. Ella me lo decía “incluso después de la muerte, el mar seguirá acá acompañándome”. Saltaron la pared de piedra y se fueron caminando entre risas a la playa. El paisaje que conocía tan bien, las olas con su rítmico balanceo y el coro de lobos marinos acompañándolo siempre, se presentaban frente a él como si fuera la primera vez. El sol caía en el horizonte. Ese día le tomó la mano, ofreciéndole una sonrisa nerviosa. Ella devolvió el gesto. En ese breve instante, la vida se le hizo hermosa y llena de oportunidades. Fue cuando aparecieron las ballenas, respirando pesadamente y jugando en el mar. La muchacha soltó un grito de emoción, lanzándose a correr junto a la orilla. —¡Son ballenas! ¡Ballenas! —exclamó, sus pies hundidos en la arena mojada. Su pelo brillaba tanto como el sol—. ¿Serán jorobadas? ¡Mira su cola cuando se hunde! Era fácil sentir curiosidad por las cosas cuando estaba ella, que apreciaba todo con mirada atenta. Le habló de corredores azules, preguntándose si quizá estarían migrando. A veces, cuando la ballena tiene una cría, deben migrar hasta un lugar más seguro, pese a que el mismo viaje implica muchos riesgos. Y luego también habló del mar, de travesías, de dejar el hogar para crecer y conocer más el mundo, aunque nada, nunca, es como el lugar donde uno crece. —Pero, ¿volverás? —preguntó el muchacho avergonzado, comprendiendo que ella se marchaba. Cuando se despidieron, las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Vio su auto desaparecer entre la hilera de turistas que despedían el pueblo cada verano. No fue capaz de entregar las mermeladas de papaya que su mamá le preparó a su familia, ni tampoco el recuerdo que él había comprado para ella y que, con esmero, arregló aún más. La figura de un pequeño lobo de mar rodeado de conchitas de todos colores y formas permanecía en su velador. Leyó algo respecto a la migración tiempo después: cada año, estos grandes mamíferos viajan de extremo a extremo en busca de aguas más cálidas para aparearse o frías para darse un festín. Y no son los únicos: muchas aves viajan y recorren el mundo, y entre tantas paradas, aquel pequeño pueblo les parecía un buen hogar temporal para crecer. Él mismo lo había atestiguado sin saberlo, en los humedales que rodeaban su casa y las playas de la Rinconada o Buchupureo. Las aves que siempre había visto tomaron una nueva forma, y las admiró, tal como admiró a la chica de ojos astutos, que tan débil como se veía, había iniciado su propia migración un año atrás. Se sintió despertar en un momento, confundido, y alzó la mirada con ojos entrecerrados y arena en la cara, apenas divisando a la persona junto a él: —¿Qué haces dormido aquí? —le dijo la chica, con una sonrisa divertida y astuta en los labios—. Tu mamá me mandó a buscarte. Dijo que la dejaste atendiendo sola el carrito. El muchacho, atontado, recordó esa tarde viendo a las ballenas. Ella, sorprendida por la pregunta, se había echado a reír, y con voz risueña le contestó que sí, siempre volvería. REGIÓN DE ÑUBLE

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