::178:: ANTOLOGÍA 2025 MIGRACIÓN ANUAL Camila Palma Salgado Tercer lugar regional Chillán 24 años En el ajetreo veraniego, el bullicio de los visitantes de Cobquecura apenas lo dejaba pensar. El pueblo, tan pequeño y silencioso durante el invierno, en el verano parecía emerger de una crisálida de seis meses, sus calles estrechas y de casas antiguas llenas de risas, autos, frutillas y papayas. Hasta el cántico de los lobos sonaba distinto, con el oleaje ofreciendo una tregua y los nuevos cachorros dando sus primeros aleteos. No sabía si la vería. Desde que se fue hace un año rara vez salía a dar paseos por la playa: la sensación de los chanchitos de arena bajos a sus pies era ahora sólo un eco, y el viento marino pasaba sin mayor impresión sobre él. Cuando salían en esa época, con sus cabellos rociados por la bruma y el viento, le juraba casarse con ella algún día en la pequeña parroquia junto a la costa, y el ostentoso anillo que ofrecía brillaba oscuro y fétido entre sus dedos adolescentes. —¡No quiero tu asqueroso cochayuyo! —le gritaba ella, corriendo. Él entonces la perseguía, y ambos jugueteaban así en la playa. Los lobos los miraban con fastidio desde la gran roca. Lejos de aquellos tiempos, contemplaba sentado sobre la playa la señalética que impedía a los turistas acercarse a la roca de la lobería. Los voluntarios habían terminado de armar la carpa en donde descansaban las crías de lobo marino que se alejaban de sus madres. ¿Estaría ella allí también? Su corazón, le solía decir, se estrujaba al ver como esas criaturitas se encontraban indefensas contra las olas. No era raro encontrar crías muertas, pero era factible prevenir la tragedia con una pequeña intervención humana. Un pequeño empujoncito, y el lobito marino rompía todos sus miedos y se hacía al mar. —¡Mamá! ¡Ballenas! —gritó un niño, apuntando al horizonte con su manita. Eso llamó su atención. Alcanzó a mirar, justo cuando un cetáceo asomaba su cabeza y se dejaba caer de espaldas sobre el mar. La gente exclamó, aplaudiendo. Había visto algo parecido el año pasado. Una tarde de colores rosados y anaranjados, se encontraban en el cementerio. Sobre la arena negra, con docas y suspiros de mar floreciendo a lo ancho y largo, las tumbas ubicadas emitían un aura casi alegre acompañadas de flores, fotografías, peluches, globos, creando un mar de colores contrastantes y bellos. Las murallas de piedra laja envolvían el lugar, apenas cortando el viento costero, y las olas del mar quebraban a menos de quinientos metros. La chica miraba la tumba rodeada de flores: orquídeas, claveles, copihues, lirios. Conservaban su frescura, y los inundaba a ambos con un olor dulce. REGIÓN DE ÑUBLE
RkJQdWJsaXNoZXIy MjA1NTIy