::175:: HISTORIAS CAMPESINAS HIJO DE LA LUNA Víctor Caro Ramírez Tercer lugar regional Villa Alegre 75 años Se escuchaban suaves los remos del bote de Juan Pillancari. Avanzaba con lentitud, pero con seguridad, hacia un punto aún lejano de un seno de la isla Guarello. Su carga era de mariscos y peces que esperaba permutar por cosas útiles con el personal del barco Alcázar, que aparecía cuatro veces al año en la isla. Su hogar, ya distante, estaba en una desconocida caleta de uno de los fiordos deshabitados en la patagonia insular. Compartía su vida con una mujer kawashkar, de Puerto Edén, hábil en la pesca submarina, la búsqueda de nidos de pájaros y la captura de peces sin anzuelo. Él era probablemente un selknam, raza a esas alturas ya extinguida que habitó las costas del Estrecho de Magallanes. Todo lo mejor que le había sucedido le ocurrió antes de los ocho años, edad en la que fue raptado por un estanciero para que no presenciara la muerte de sus padres. Sabía lo suficiente para vivir, conocía los habitantes del mar y de la tierra. Sus dioses eran inamovibles: el sol, huidizo tras las nubes, y la luna, divinidad misteriosa que los visitaba más a menudo y era capaz de atraer a los peces y provocar mareas. Se escapó del orfanato simplemente caminando a los doce años. Su principal obsesión en ese entonces era encontrar su verdadero nombre, y su pensamiento era que la naturaleza se lo daría de algún modo. Le habían impuesto el de Juan Pillancari, pero la necesidad de ir a buscarlo, ganárselo al mar de sus padres, lo llevó sin descanso hasta el lugar en que ahora vivía. Aquella vez, cuando llegó a la orilla del mar, había una luna brillante que hacía resplandecer el mar. El viento ululaba entre las lengas, un chucao trinó su canto y supo que el conjunto de señales le decía que su nombre era Hijo de la Luna. Años después, habiendo vivido y crecido en la naturaleza, encontró a su mujer a un costado del cadáver de un anciano que yacía entre las matas de un pangal. Era el funeral de su padre. Su cuerpo se integraría a la tierra y ella esperaba que parara la lluvia para volver a los restos de su hogar. Se entendieron con rapidez. Ambos eran libres. Hicieron una vida tranquila, esperando los anuncios de la luna que les contaba de las venidas de los puyes, pequeños y apetitosos alevines, de los mantos de pejerreyes y merluzas, de alguna ballena varada, de los popitos o lobos pequeños y los rincones donde la marea baja les concedía los choros zapato, enormes mitílidos muy apreciados por los marinos. Las nubes estaban cubriendo el cielo la mayor parte del tiempo y la diosa se dejaba ver escasamente, pero ellos la presentían y sabían en qué punto del firmamento se encontraba. El Alcázar ya se divisaba. Avivó el fuego que ardía quedo cerca de la proa, sobre una base de barro y musgo que protegía el fondo de ciprés. Como ya estaba suficientemente cerca lanzó una voz baja para que traspasara la neblina siempre presente. REGIÓN DEL MAULE
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