ANTOLOGIA 2025

::167:: HISTORIAS CAMPESINAS por sus manos, pero en ese instante, bajo la luz trémula, pudo verlas agitarse suavemente, listas para emprender el vuelo. Algunas familias preferían sentar a sus angelitos en una sillita adornada, como pequeños reyes esperando su partida celestial. Para Rosita, Felicita había elegido la sencillez de la mesa, rodeada de las flores blancas que iban llegando con los vecinos, un jardín efímero para su despedida. Pronto, el rasgueo sentido de una guitarra rompió el silencio denso. Llegaban los cantores a lo divino, hombres de voz profunda y mirada serena, guardianes de la tradición. Sus cantos, al principio suaves, luego más firmes, comenzaron a tejer la atmósfera del velorio. No eran lamentos desgarrados, sino melodías que hablaban de la gloria del cielo, de la bienvenida al nuevo ángel. La casa, antes sumida en la quietud, comenzó a llenarse de esa música que era a la vez triste y esperanzadora, un bálsamo sobre la herida abierta. El velorio se extendió, como era de costumbre. Llegó más gente del valle, trayendo consuelo en forma de abrazos calados, de comida compartida, de presencia constante. Felicita se movía entre ellos, aceptando las condolencias, ofreciendo un sorbo de gloriao. Pero sus ojos volvían siempre a la mesa, a su Rosita adornada, a la pequeña figura que parecía dormir. Y entonces, cuando el sol ya declinaba y se acercaba el momento de llevar a Rosita hacia el campo santo, las voces de los cantores se unieron a una melodía especialmente conmovedora. Felicita reconoció los acordes de “Adiós paire y maire”, canción que antes tantas veces escuchó y que cuando era pequeña su madre le había contado que esa era la última canción, la despedida del angelito a sus padres, como si la pequeña voz de Rosita se elevara a través de los cantores. “Adiós paire, adiós maire querida, rezadme una oración, que me voy pa’ los cielos a rogar por los dos.” Cada palabra era una flecha dulce y dolorosa. Felicita apretó los labios con más fuerza. Sintió el peso de todas las lágrimas no lloradas, las suyas y las de tantas madres. Pero al escuchar esa despedida cantada, esa promesa de intercesión desde el cielo, una extraña serenidad comenzó a filtrarse por entre las grietas de su dolor. Había cumplido. Había vestido a su propio angelito, la había preparado para su viaje con el mismo amor y dedicación con que lo había hecho para otros hijos del valle. Afuera, el aire de El Huique se había vuelto fresco. La comitiva se prepararía para el lento caminar hacia el cementerio. Felicita miró a su hijita una última vez, no como madre desgarrada, sino como la guardiana de una tradición sagrada, una que trasformaba el dolor más agudo en un rito de trascendencia. Su Rosita estaba lista. Sus alitas, secas y fuertes, la llevarían alto, muy alto, mientras en la tierra quedaba el eco de un canto y el recuerdo imborrable de un amor de madre. REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O'HIGGINS

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