::166:: ANTOLOGÍA 2025 EL ÚLTIMO TRAJE BLANCO DE JUANITA Elizabeth Gaete Flores Primer lugar regional Palmilla 27 años El sol apenas despuntaba sobre los cerros del Huique, tiñendo de un rosa tímido las paredes de adobe de la casa de Felicita. Pero dentro, el aire era de una quietud fría, una antesala al rito sagrado. Sobre la mesa del comedor, la que tantas veces había sostenido el pan amasado y las conversaciones familiares, ahora yacía su pequeña Rosita, su Rosita de tres años, envuelta en la mejor sábana blanca. Un nuevo angelito para el cielo, un vacío inmenso en la tierra. A Rosita, cuyas manos habían vestido a tantos angelitos del valle, pequeños cuerpos fríos a los que ella devolvía una serena dignidad con lienzos blancos y flores frescas. Hoy le temblaba el alma hasta los cimientos. Era su sangre, su niña. Tomó el vestido blanco, aquel que ella misma había cosido con hilo de nube y paciencia de madre, imaginando quizás un ajuar para un bautizo que la vida, en su misterioso designio, había trasformado en mortaja. Cada puntada, antes una promesa de futuro, ahora se sentía como una espina clavada en su corazón. Con una delicadeza que era su sello, entre las vecinas que comenzaban a llegar en silenciosa admiración y conmovedor respeto, dio paso al comienzo del ritual. Sus dedos, ásperos por el trabajo en la tierra pero suaves para este menester, deslizaron la tela nívea sobre el cuerpecito inmóvil. Recordó la risa de Rosita, como un arroyo claro, sus manitas regordetas buscando las suyas para jugar. Un sollozo quiso escapar, hondo y animal, pero lo ahogó en el pozo de su pecho. Las madres no lloran en los velorios de angelitos, le había dicho su propia abuela hacía tantos años, y ella lo repetía a las madres jóvenes. “Sus lágrimas mojan las alitas, m’hija, y el angelito no puede volar ligero al cielo”. Y ella, Felicita, que era madre y ahora también la artesana de esta amarga despedida, debía ser la más fuerte, el pilar sereno en medio de la tormenta invisible. Con la yema de los dedos, como si pintara un sueño, aplicó un tizne de carmín en los labios y las mejillas pálidas de Rosita, devolviéndole una ilusión de vida, de sueño tranquilo bajo el sol. Colocó la coronita de flores silvestres blancas y nomeolvides que había trenzado al alba, cada pétalo una oración silenciosa, un susurro de amor eterno. Las vecinas, con movimientos quedos, encendían las cuatro velas en los extremos de la mesa, sus llamas creando un círculo de luz temblorosa. Luego, con la misma ternura reverente, ajustó las pequeñas alitas de pluma y cartón que había preparado, un símbolo de su ascenso. Sabía que eran terrenales, hechas REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O'HIGGINS
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