::163:: HISTORIAS CAMPESINAS LA CANTORA DE MI TATA José Contreras Márquez Tercer lugar regional Santiago 60 años Es 16 de julio, invierno en pleno por estas latitudes; una estación del año en que el frío suele calar hasta los huesos, según dice mi tata, quien, cuando presiente que la tormenta llegará, cubierto con su tradicional manta negra de castilla, tras un objetivo no desconocido para mi familia, recorre el campo sobre Dulzura, su yegua overa. Y es que él, a quien yo admiro profundamente, es poseedor de una habilidad extraordinaria al galopar. Aparte de percibir la humedad del ambiente, pone especial atención en el cantar de los queltehues. Con estos valiosos detalles presagia tempestades y aguaceros, pero añade que no es un mérito propio; los queltehues debieran llevarse los aplausos. El campo por estas fechas parece dormido. Lo envuelve una quietud inusual, una quietud que invita al calor de hogar. Pero hoy es un día especial, hoy se celebra a la patrona de Chile, la Virgen del Carmen. Y no sólo a ella, sino que también a quien lleve por nombre Carmen. Por tanto, y siempre que el clima lo permita, en algunos hogares el mantel se despliega al exterior de las viviendas. Hoy precisamente es un día de aquellos, y mi papá, como en años anteriores, con la ayuda de mis hermanos mayores instaló una ramada a un costado del alero. Varias Carmen conforman la familia. Una de ellas es mi abuela materna (la esposa de mi tata), quien, entre toda la parentela que ha llegado de visita, se destaca por su vitalidad y su buen gusto en el vestir. Yo cuando grande quisiera ser como ella. Como algo excepcional también se encuentra mi tía Hilda, la hermana mayor de mi madre, y aunque es Hilda del Carmen, no le agrada que la celebren. Dice que esta fecha le trae malos recuerdos. Fue un 16 de julio, de años atrás, cuando no pudo consumar su matrimonio. El motivo: su novio nunca llegó a la iglesia. Horror me da al pensar que el destino me pueda deparar semejante desaire. Hasta ahora, que es pasado mediodía, la temperatura es aceptable, aunque al voltear la mirada hacia lo alto, oscuros nubarrones cubren el cielo de extremo a extremo y pareciera que sorpresas traen. Pero, más allá de una leve brisa, nada que temer. Mientras transcurre la celebración, todos los concurrentes se deleitan con el asado a las brasas al tiempo que las copas con vino tinto van y vienen. Por lo mismo, no faltan los brindis ni los versos que recitan algunos parientes, a excepción de los menores, quienes, instalados en un rincón de la mesa, se devoran una budinera repleta de sopaipillas pasadas en miel. Pero tan destacada armonía de súbito se ve interrumpida; la ventolera, cual cuncuna arrastrándose por el campo, aparece sin ser invitada. Y una vez que, como abanico se va abriendo paso en el potrero. Va y viene como burlándose de los presentes. REGIÓN METROPOLITANA
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