::162:: ANTOLOGÍA 2025 —¡Qué te creís, mierda, que esto es llegar y agarrar! —solté lo que tenía en las manos y apreté los dientes de tanta rabia que casi los quiebro. —¿Entonces, pa’ qué me trajo pa’ cá? —¡Quién te trajo a vos, mierda! —No va a negar que se me estaba insinuando. —¿Vos soi huevón? —¡Ya, déjese de palabrotas y a lo que vinimos! Quítese el vestido y lo hacemos rapiito. —¡Vos soi bien huevón! —alcancé a decir antes de que el hombre me diera un bofetón en la mandíbula. Perdí el conocimiento una fracción de segundo, o tal vez fue el mareo que me causó el golpe. Pese a eso, no caí. Me enderecé mientras sobaba la lesión y con más ira que antes, le dirigí una patada a la entrepierna. Lejos de atinarle, él logró interceptarla y tomar mi pie con su mano enorme. Me giró la extremidad. Junto al crujir de mi rodilla, me precipité al piso encima de los tomates. —Ya poh, perra, búscame por la güena mejor. Vai a quear toda machucá. Quéate quieta y abre las piernas. —Ni muerta —el infeliz me dio fuerte con el zapato en la cara. No recuerdo más. Cuando desperté, el sabor metálico me hizo descubrir que tenía la boca rota. La cabeza me punzaba en todas partes. Traté de levantarla y un mareo intenso casi me la hace caer de nuevo. Desde esa perspectiva, me vi el vestido recogido hasta los muslos y las piernas abiertas de forma grotesca. No comprendí la situación sino hasta percatarme de que mis calzones estaban cortados en el suelo. Una lágrima quiso cruzarme el rostro, pero se contuvo de salir cuando lo vi sentado, de espaldas hacia mí, con el cuello extendido hacia atrás, fumando la cola de un cigarrillo con total satisfacción. ¡Maldito desgraciado, qué me hiciste!, pensé. Intenté lamentarme, pero la furia que se estaba gestando en mi cuerpo fue más poderosa y callé. Sigilosa me levanté tratando de no provocarme más dolor. El sufrimiento era inmenso, pero mayor sería mi venganza. En la mesa estaban el agua, el vaso y la herramienta que resplandecían por un rayo de sol. Todo ocurrió en silencio. Después, sudada y con la garganta seca, me acerqué a la mesa, vertí el líquido cristalino en el vaso transparente. Lo levanté hasta la altura de mi mirada y a través de él observé sus ojos y el rio de sangre en la tierra junto a la cosecha de tomates. Bebí el agua sin soltar el cuchillo que aún goteaba. REGIÓN METROPOLITANA
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