ANTOLOGIA 2025

::164:: ANTOLOGÍA 2025 —¡Es el mismo diablo! —vociferan algunos. Luego, y en vista de que la inesperada visita no cede, conjuros y oraciones se oyen al mismo tiempo, mientras algunos concurrentes caen de rodillas implorando a la virgen para que aleje a la insidiosa e invisible forastera. No obstante, los ruegos son en vano. La invitada de piedra, desafiante e insensible, se abalanza furiosa sobre la ramada provocando un caos de proporciones mayores. Manteles y servilletas vuelan por los aires y el derrame de copas es un verdadero río que corre hacia los bordes de la mesa. Sin olvidar que se lleva consigo cada rama de la tradicional estructura pasajera. Mi tata, como una forma de calmar los ánimos, se acerca a Camilo, el pretendiente de su hija menor (mi tía Carmen) y al oído le solicita que vaya en busca de Mercedes, una reconocida cantora. Pero el sujeto (el más distraído de todos) no presta la debida atención. Por lo que se aleja de prisa en busca de montar su caballo alazán e ir tras su equivocado objetivo. José Gregorio, mi tata, se reúne con mi padre y le solicita que, como dueño de casa, reorganice la celebración, pero esta vez bajo el alero. Y además le pide algo de paciencia; presume que Mercedes, con sus cantos, será una esperanza en medio de la debacle en que se ven envueltos. Cuando, erróneamente, el jinete está por arribar a destino, se topa con Mercedes, quien, guitarra en mano, a paso doble avanza por el costado del camino, pero sólo un saludo con venia sale de ambos. Y una vez frente al ingreso del terreno de mi tata, los perros salen a su encuentro, la familia en pleno permanece en mi casa; de modo que, y al ser reconocido por los guardianes, traspasa a pie y avanza en dirección a la puerta principal. Y al notar que nadie lo atiende, se agarra la cabeza con las dos manos y piensa que no le puede fallar a su futuro suegro. Lo que viene ahora, a como dé lugar, es conseguir la cantora; para aquello se trepa por una de las ventanas que permanece entreabierta, precisamente la del dormitorio de los dueños de casa, y se va directo tras su objetivo. "No hay quien no deposite las bacinicas debajo de los catres", piensa. Una ingrata sorpresa se lleva. La encuentra, pero olvidaron vaciar su contenido en horas de la mañana. Por lo pronto, hacia el siguiente dormitorio se dirige y esta vez se siente afortunado. Con una bacinica de tamaño grande, en color rojo, se retira de la vivienda, pero apenas cruza el umbral de la puerta de calle sobre él se abalanzan los perros. —¡Me desconocieron estos salvajes! —vocifera como si estuviera en un estadio, al tiempo que la bacinica vuela por los aires. Una vez en el suelo comienza a hacerles musarañas para tranquilizarlos; todo embarrado se levanta cuando los perros ya lo han reconocido. Acto continuo va por la bacinica que ha quedado a los pies de Dulzura, luego la monta y a todo galope, con el curioso objeto bajo el brazo, va al reencuentro con mi tata. REGIÓN METROPOLITANA

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