ANTOLOGIA 2025

::156:: ANTOLOGÍA 2025 LOS DULCES DE LA ABUELA Dixie Olguín Lazcano Tercer lugar regional Santa María 57 años Con los gatos encendidos se orillaron en la carretera. Los jóvenes bajaron de la lujosa camioneta para ir a buscar algo que les endulzara el camino y les disminuyera la resaca. Juan Pablo se quedó helado: ahí, con delantales blancos impecables y unas cofias del mismo color, estaban sus abuelos. La mirada estupefacta del joven chocó por unos segundos con los ojos profundos del anciano junto a la mujer menuda que sonreía amable instando al grupo a comprar sus dulces. José, el abuelo, sonrió a Juan Pablo e hizo un ademán para abrazarlo, pero el joven se hizo el desentendido poniéndose detrás del grupo de alegres muchachos, de vuelta de festejar el exitoso examen que los convertía en médicos. —¿Qué van a llevar, jóvenes? —dijo el abuelo, contrariado por la actitud de su nieto—. Los dulces están fresquitos, son los últimos que nos van quedando. Si los compran todos les hago un precio; así podremos regresar a casa luego y evitar este frío que se viene al caer la tarde. El abuelo miró con una mezcla de tristeza y reprobación cómo su nieto se alejaba. Se le notaba mareado y evitando el contacto visual con el par de ancianos. —¿Qué va a querer usted, joven? —lo interpeló su abuelo, mientras la mujer, con la misma sonrisa y los ojos un tanto extraviados, sonreía al joven, quien trataba de disimular su asombro e incomodidad delante de sus amigos. —Nada, gracias —dijo Juan Pablo, quien se dio la media vuelta y se amurró a un costado de la camioneta. José y Teresa, se habían hecho cargo de su nieto cuando la madre del pequeño, única hija de la pareja, había partido muy joven por el terrible cáncer de mamas. Del padre de ese pequeño nunca se supo; en el pueblo se especulaba que ese bebé era del hijo mayor de los patrones, pero como él estaba de novio en la capital, nunca se hizo cargo. Otros decían que era de un jornalero que había venido aquel verano a la cosecha de paltas y luego desapareció como las uvas de estación. Fuera quien fuera, Ana Luz nunca dijo nada y sus padres respetaron su silencio. José y Teresa trabajaron siempre en el fundo de los Alderete Santisteban. Él trabajaba la tierra y Teresa hacía las labores domésticas de la casona, especialmente cuando doña Matilde venía de vacaciones desde Santiago con sus cinco chiquillos, todos rubios y de piel tan blanca como la leche que Teresa ordeñaba de la Candela antes de que cantaran los gallos. REGIÓN DE VALPARAÍSO

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